La corrupción es la pobreza moral que ha dado origen al extremo deterioro social que padece nuestro país y al inmenso sufrimiento de nosotros, los ciudadanos. La riqueza inmediata y sin esfuerzo se nos volvió un mantra y se impuso por encima del orgullo que producen los logros duraderos. Los logros que solo se consiguen a través de la educación, la tenacidad y el esfuerzo. Hemos sacrificado, como colectivo, la ética y los principios para obtener lo espectacular pero efímero. El vacío creado por la escasez de personas ejemplares, dignas de emular, se llenó con la veneración al dinero y la imitación de personajes sin valores, cuyo único “mérito” son las posesiones materiales adquiridas a costa de lo que sea.
Nuestra resignación ante las pueriles acciones de nuestros gobernantes y la justificación de nuestra inacción —exteriorizada en frases como: “¿para qué gastar mi tiempo en salir a protestar, si no va a pasarles nada?”— es la señal definitiva de que no solo hemos normalizado la deshonra y la descomposición, sino que además sucumbimos ante la bien montada y putrefacta estructura de la corrupción.
Aunque el ambiente en el que nos desenvolvemos nos moldea, nuestra desidia no es una intrínseca característica cultural, sino una estructura perfectamente armada por los políticos y los poderes económicos para llegar y mantenerse en el poder. No llegamos a estos niveles patológicos de indiferencia ciudadana por arte de magia. La impunidad no combatida ha sido el mayor reforzador de la conducta, lo cual, sumado a las muchas carencias fundamentales y a la ignorancia sistemática, se ha convertido en terreno altamente fértil para la pujanza de la corrupción.
Me viene a la mente un claro ejemplo: el video en el que se ve al alcalde de Colón, en compañía de sus hijos, abiertamente tratando de cubrir la transgresión de regulaciones impuestas por el gobierno al que pertenece. Esto, más allá del hecho de corrupción, me lleva a considerar la gran posibilidad de que nuestra niñez, en este caso, sus propios hijos, interioricen estas acciones, las aprendan y quizá las repitan, normalizándolas. En palabras del profesor Javier Díaz Giménez, “en un país donde todo el mundo es tramposo, el incentivo para ser tramposo es mayor que donde todo el mundo es honrado”.
Por otro lado, me genera curiosidad cómo pareciera ser que la indignación general que causa la corrupción se enciende cuando hay una crisis económica. Como si nuestra molestia se debiera a la falta de dinero en el bolsillo y no a la acción inmoral como tal.
Con esto me queda claro que, aun sabiendo que la percepción de corrupción aumentó significativamente durante el gobierno de Ricardo Martinelli (Barómetro de las Américas, 2014), aún hoy nos encontramos con personas que repiten la lamentable expresión “robó, pero hizo”.
Es imperiosa la creación e implementación de leyes que impulsen la transparencia.
Pero lo realmente imprescindible para combatir esta terrible pandemia de corrupción es dirigir todos los recursos disponibles a resolver nuestra deuda con la educación. Y eso no está pasando, aun cuando el gobierno de turno llegó con la promesa de convertir la educación en “la estrella de su gobierno”. Es que vamos a ver, seamos realistas: ¿en qué le podría convenir a los que ostentan el poder contar con una población educada?
Alzar la voz es importante. No podemos callar: nuestro silencio es aliado de lo incorrecto. El resurgimiento de la sociedad requiere que levantemos nuestra voz. Es cierto que debemos sobrevivir esta crisis, pero lo debemos hacer de manera honesta, haciendo saber a toda voz y a quien lo pueda escuchar, que lo que hemos logrado ha sido con esfuerzo, compromiso y dedicación, no con atajos. Siendo que el país parece carecer de figuras idóneas para guiarnos, recae en nosotros, los ciudadanos de bien, ser el modelo para seguir, con muestras concretas de nuestro actuar.
La autora es psicóloga, empresaria y propietaria de restaurante