La profecía histórica

Filósofos y teólogos de la historia analizan cuidadosamente la profecía histórica

Michel de Notre-Dame (1503-1566), médico y astrólogo francés, escribió un libro conocido como Las verdaderas centurias y profecías. La fama de Nostradamus no viene de sus Centurias sino del hecho de que profetizó siempre con acierto acontecimientos de su tiempo, ganándose la admiración de la corte real y de muchas personas, mas también la envidia de quienes querían verle acosado por la Inquisición, por “brujo o adivino”. Esto no sucedió porque, además de haber profesado siempre lealtad a la ortodoxia cristiana -a pesar de su origen judío-, Nostradamus supo rodearse de amigos entre clérigos y cardenales, y quiso ser prudente en la narración de las cosas cuando convenía serlo. Por eso, al escribir sus Centurias, usó un lenguaje misterioso y revolvió sus cuartetas como piezas de un dominó, para evitarse problemas inquisitoriales, o con los poderosos si una profecía obvia pudiera molestarlos.

Y Nostradamus nunca se equivocó (mientras que sus intérpretes a veces acertaron, y otras fallaron aparatosamente). Cosas tales como la muerte (y la forma de morir) del rey Enrique II de Francia y el destino de todos los hijos de este rey fueron predichas por él con exactitud. También el ascenso de un niño que sería el futuro Enrique IV de Navarra. Y, ya fuera de su época, pero con total exactitud, la captura del Luis XVI en el bosque de Varennes, y su posterior ejecución. También sobre personajes como Hitler y Napoleón.

Terrible, sin duda, su profecía que se entiende hecha sobre la ciudad de Nueva York:

A cuarenta y cinco grados el cielos arderá,

Fuego acercándose a la gran ciudad nueva,

Al instante la gran llama esparcida saltará,

Cuando se someta a prueba a la gente del Norte.

(Centuria VI, cuarteta 97).

La única ciudad importante a esa latitud es Nueva York (entre los 40 y 45 grados). La “nueva” ciudad es una alusión indirecta a su nombre. El término original normans alude a los normandos (etimológicamente, “la gente del Norte”). Los vikingos eran llamados así, y luego este nombre se aplicó al noroccidente de Francia (Normandía). Pero su significado etimológico alude sin duda a gente que habita en latitudes septentrionales.Obviamente, los norteamericanos.

Entre clérigos y específicamente entre santos, la profecía abunda. Y esos son casos para el análisis de una teología de la historia e incluso, de una filosofía de la historia. Así, san Juan Bosco, por ejemplo, profetizó al emperador Napoleón III su derrota y captura en la batalla de Sedán. Lo mismo que la pérdida del trono de Italia para la casa de Saboya en la cuarta generación tras el rey Carlos Alberto. ¿Cómo se explican estos acontecimientos? Para las experiencias de laicos es difícil encontrar una explicación. Un famoso parasicólogo, el P. González Quevedo, de Brasil, dice que en un estado de conciencia alterada, una persona podía abrirse al conocimiento del pasado y del futuro en un arco de 200 años. Además, este parasicólogo, como hombre de fe que es, no niega la probabilidad de que, en algunos casos, Dios revele a los hombres el futuro. En el caso de los religiosos videntes, la explicación teológica se halla en “el milagro”. ¿Cómo pudo san Leopoldo Mandic, durante la II Guerra Mundial predecir que Padua no sería eximida del bombardeo?

El milagro supone la intervención de Dios. Como dice Arrillaga: “El milagro no es un evento incausado, producto de la casualidad y el azar, sino una manifestación de un determinismo de origen supraterrestre”. Por eso la noción del milagro (aquí, el don profético) supone la idea de la Providencia: un Dios interesado en los destinos humanos, que los revela, pero que sobre todo, actúa en ellos. ¿En qué forma esto supone la responsabilidad de una divinidad en los hechos históricos que estamos viviendo? ¿Es Dios su testigo, su juez o partícipe? Sobre esto escribiremos próximamente.

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