A propósito de la campaña electoral, surgen un sinnúmero de propuestas de parte de los diversos candidatos a puestos de elección popular (para Presidente de la República, alcaldes, diputados y representantes de corregimiento), como una especie de credencial con la finalidad de ganarse el voto de los ciudadanos y ciudadanas, es decir, para favorecer su elección a tales puestos. En realidad, las propuestas verbales o escritas, generalmente estereotipadas, son solo enunciados o letras muertas que poco o nada influyen en la solución de los problemas nacionales; lo que importa más bien son las cualidades personales de los candidatos: ¡carácter, honestidad, capacidad e integridad!
El carácter bien formado, vale decir, representa el temple de la persona para la toma de decisiones sin evasivas ni dilaciones; la honestidad imprime a quien la practica un sello de alta valoración espiritual. Un hombre honesto obtiene la consideración de los asociados, y ofrece una amplia garantía de probidad y comportamiento moral. No basta con predicar las excelencias de la honestidad. Es menester practicar sus preceptos, vivir sus principios y repeler todo aquello que niegue la preeminencia del valor moral. Honestidad en el sentir, honestidad en el hacer y honestidad en el pensar. Saber mostrarse impermeable a toda incitación a la corrupción, al vicio, al daño y al mal. Librarse de la tentación egoísta de ceder ante intereses creados y saber anteponer la motivación por el bien público a las mezquinas ambiciones de la conveniencia personal son formas de honestidad vivida prácticamente y maneras de enaltecer la nobleza individual.
La mejor propuesta que puede ofrecer al pueblo panameño un candidato a la Presidencia de la República –sobre todo en este momento histórico que vivimos los panameños y panameñas– debe estar enmarcada en su conducta, indicando que anda por las sendas del bien, de la honradez y de la austeridad y que, por ello, siente la satisfacción de poseer una conciencia libre de remordimientos y tener limpio de máculas y de estigmas el tesoro invaluable de su propia ponderación. Así, podría, sin duda, en el ejercicio del poder negarse a hacer concesiones desdorosas y maniobras deshonestas; no debe arquear la espalda en genuflexiones ni zalemas de baja e interesada adulación al empresario poderoso, tampoco negar su apretón de mano al humilde, probo y digno. En una palabra, no le corresponde fingir sentimientos insinceros para comprar ventajas ni privilegios.
Integridad. Comprende este concepto, generalmente confundido con el de la simple honradez individual, las siguientes condiciones esenciales: lealtad, con el superior (en este caso el pueblo panameño), con el igual, con el subalterno, con el público y consigo mismo. La voluntad panameña debe estar en todo instante comprometida con la responsabilidad de no malograr el futuro, cuya óptima realización no depende de factores sobrenaturales ni obedece a una necesidad inexorable, sino a lo que el hombre y la mujer panameños hagan o dejen de hacer en su propio beneficio.
La incompetencia y la corrupción son cosas distintas, pero ambas provocan grandes estropicios. Y está demostrado que los incompetentes pueden dejarles las puertas abiertas a los corruptos y a los serviles. Por eso, hay que combatir tales males con la misma energía. Esa es una forma de servir a la comunidad nacional eficazmente.
Sería de desear que el próximo Presidente de la República comprometiera a fondo su gobierno con la estrategia modernizadora. Y es que del mejoramiento de la gestión (en primer término, del uso riguroso del presupuesto anual de la nación) dependerá la huella de progreso que deje el designado por el pueblo al término de su mandato.
Resumiendo, más de lo que pueda significar un cuadernillo estereotipado llamado "propuesta", los candidatos todos, especialmente los aspirantes a la Presidencia de la República, deberían caracterizarse por lo que dejamos señalado. "Carácter, honestidad, capacidad e integridad"… ¡lo demás viene por añadidura!
