El protocolo sí importa

Isabel Arosemena de ArangoA pocos días de darse un evento como la toma de posesión del mandatario de una nación, la actividad debe estar bien estructurada y verificada en sus más mínimos detalles para no cometer errores de último momento que ocasionan malos ratos.

El día 1 de septiembre estuve frente al televisor cerca de cinco horas, para no perder detalle de tan magno evento que se celebraba en nuestro país, como la investidura de Martín Torrijos, nuevo presidente de Panamá. A medida que pasaban las horas me fui percatando, a través de los diferentes medios televisivos, el tipo de programación que tenía cada uno en ese momento.

Algunos con comentarios del lugar donde estaban situados y otros con entrevistas a personalidades del ámbito político o social de nuestro país. Cuando se dio inicio a los actos dentro del recinto de la Asamblea Legislativa, noté que al dar sus opiniones acerca del candidato postulado, los legisladores y legisladoras caían en exaltaciones de atributos repetitivos que se le puedan dar a una persona, cuando no era el momento.

Lo que se quería era que tuvieran un tiempo estipulado para votar por ellos, de acuerdo con su preferencia. Pero cuál fue mi sorpresa, que cada uno de los nuevos y viejos representantes del Organo Legislativo presentes, comenzó a expresar lo que pensaba de su candidato escogido. Al mirar el reloj me daba cuenta de que el tiempo corría, que no iban a terminar a la hora para continuar con el horario protocolar que se había anunciado.

Al pasar a otros canales y ver que en el Centro de Convenciones ATLAPA los invitados nacionales e internacionales llegaban y que las nuevas autoridades que asumirían el poder del nuevo gobierno también se encontraban allí, los locutores comentaron que el acto no podría iniciar hasta que los legisladores, que se encontraban en ese momento en la Asamblea Legislativa, terminaran de escoger su nueva directiva.

Las tomas dentro y fuera del teatro Anayansi dejaban ver a muchas personas conversando para saludar, felicitar o comentar sobre el acto que pronto iban a presenciar. No está mal. Había un ambiente muy ameno para la ocasión, en el que la gente interactuaba con los ya conocidos, o con los que recién conocía.

Sin embargo, en el recinto de la Asamblea aparecían las imágenes de los legisladores, como si el tiempo se hubiera detenido para que ellos hablaran todo lo que querían, sin que alguien pudiera apurarlos. Yo estaba angustiada por las imágenes que mostraban a un público cautivo en una larga espera en el teatro Anayansi.

Al llegar las 12:00 de mediodía, no daba crédito a que invitados de todas las esferas políticas del mundo hubieran esperado dos horas a que el acto empezara. 20 minutos después de que el telón subió hasta la altura de las rodillas y volvió a bajar, cuando todos pensábamos que se había atorado, finalmente se elevó y comenzó el acto.

Las palabras del arzobispo José Dimas Cedeño, muy acertadas y precisas, a mi juicio se extendieron más de lo oportuno para una invocación, que era lo que se tenía que dar.

Pero mi sorpresa fue mayor al escuchar al nuevo presidente de la Asamblea Legislativa, Jerry Wilson, que en vez de hablar de los nuevos planes a realizar, y de cómo se necesita remozar la imagen de ese órgano, comenzó a tartamudear y a sollozar por todo lo vivido en sus pasajes torrijistas; pero el colmo fue mencionar a sus ex esposas, hijos y nietos en ese momento tan crucial del discurso.

Con mucho respeto, estaba fuera de lugar semejante mención, aparte de que se tomó 30 minutos para hablar entre sorbos y lágrimas, y no dijo nada coherente o de valor para escuchar, como por ejemplo hacer mención de que ese órgano del Estado daría todo el apoyo para que el nuevo gobierno de Martín Torrijos iniciase la estructuración de proyectos, acabar con la corrupción e implementar nuevas leyes en beneficio de la comunidad.

¿Por qué la persona que tenía el control del protocolo de estos actos no verificó los discursos de las personas participantes, ni estableció el tiempo que usarían? Muchas veces se cae en el error de repetir el mensaje, varias veces, y nosotros como receptores nos ofuscamos de ver cómo esa persona no encuentra las palabras precisas para finalizar el discurso.

Las risas del público no se hicieron esperar; aparte de tener delante de ellos a los invitados especiales e internacionales más acostumbrados a discursos coherentes y a las horas puntuales, las cadenas de televisión internacionales también transmitieron semejante orador. Para mí, ¡qué vergüenza! Ojalá que en el futuro estos detalles se corrijan y nuestros políticos se comporten a la altura de las circunstancias.

Cuando le tocó hablar al presidente Martín Torrijos, con esa seguridad, voz precisa y una rapidez adecuada para el momento, me dejó atónita tan excelente discurso. Su presentación se dio sin titubeos y mucha coherencia en lo que quería comunicar al oyente presente y televidente. Lo felicito señor Presidente, por la forma tan sencilla, elegante y locuaz de expresar su mensaje a la nación.

La autora es licenciada en relaciones públicas y magíster en recursos humanos

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