Es difícil saber en qué momento empieza a agrietarse. En mayor o menor medida, todos tenemos fallos de memoria, mucho más frecuentes cuando llegamos a una edad determinada: términos que se nos escapan; temas que hemos dominado y de los que, de repente, nos faltan datos o precisión; hechos vitales que convertimos en anécdotas poco verosímiles… o simplemente quedarse en blanco ante las puertas abiertas de un armario –a saber qué se iba a buscar allí dentro–. El puente del recuerdo que nos une al pasado remoto o inmediato y que da sentido a lo que somos, se resquebraja y amenaza con el derrumbe.
Es cierto que, en circunstancias normales, la memoria depende en parte de la capacidad de absorber el mundo y de hacerlo nuestro. Del interés que pongamos en las palabras del otro para asimilar su sentido, o en la pasión por la trama de una novela, de una película o por la secuencia de ideas de un ensayo. De la capacidad, a la última, de interiorizar no solo nuestros actos y los ajenos, sino lo que aprendemos. De la concentración.
Aun así, por motivos múltiples, por desgaste, por enfermedad o por trauma, el puente se rompe y la convivencia se enrarece. Los jóvenes le dan poca importancia. Les resultan cómicos los desvaríos del abuelo y soportan por educación las anécdotas mil veces contadas por los padres y que, tarde o temprano, puesto que son sus depositarios, las convertirán en referente.
A medida que maduramos, sin embargo, la situación cambia. La sensibilidad se agudiza, y si la convivencia resulta difícil es porque pone a prueba nuestro tacto para manejar el problema y no siempre damos la talla. He aquí una situación probable: almuerzo de verano al aire libre. Comensales: gente entre los 40 y los 60, cuyo nivel académico mínimo es la licenciatura. Gente de mundo, culta, viajera y viajada. Pero entre los comensales hay también una nonagenaria, que hoy decide contar por tercera vez el viaje que hizo a El Cairo con su difunto. Tensión generalizada las tres veces. Silencio. La hija siente vergüenza ajena: “mamá no te pongas pesada”, le dice, y a ella se le pierde la mirada, desangelada y desolada. Ya no tiene memoria reciente, pero los sentimientos no varían y el vacío duele. Pueda ser que uno de los invitados le siga la cuerda, le pregunte, comparta experiencias –él también ha estado en El Cairo- y luego, la conversación se diluya de forma natural y la nonagenaria se entregue al sueño. No costaba tanto hacerla feliz aunque también lo olvide. Si nuestra formación académica no sirve para ser más humanos y pacientes, no es de gran utilidad.
Lo peor llega cuando el puente se rompe con quienes solíamos conversar, compartir ideas e incluso un pasado. Tenemos la sensación que se han ido a un mundo que no conocemos y que nos han dejado solos. Los echamos en falta. ¿O son ellos quienes se quedan solos? El hilo conductor ha desaparecido; cada encuentro es un volver a empezar. Les pasa un poco como a Maddalena Delani, la protagonista de Un lugar tan hermoso, del italiano Fabrizio Rondolino, que todas las mañanas conoce por primera vez a su esposo, con el que lleva casada 10 años, sin recordar las noches de amor o las palabras que ha pronunciado. Pero Maddalena padece el síndrome de Korsakov y ni siquiera recuerda lo que siente.
Quizás nuestros desmemoriados no sean casos exactos de libro. Tal vez no recuerden si acabas de llegar o si has anunciado que te ibas. Tampoco si tienes hijos aunque los hayan disfrutado como propios. Pero recuerdan la mayoría de las veces que nos quieren y que necesitan nuestra atención y nuestra presencia. Entonces nos llega el turno de arrinconar el dolor y empezar de nuevo.