Por favor, díganlo así: racismo. Suena como es, una manera obtusa de mirar al otro, no sólo por su color de piel, sino también por su origen, o cómo piensa. Porque para el “buen” racista todo está en el origen, esa “maldita casta que lo trajo hasta aquí”, todo tiene que ver con el miedo que produce la otredad del otro (redundo para significar la distancia tan larga en la que el racista se coloca).
A pie de calle, déjense de excusas académicas y precisiones que enredan la verdad de lo que se alberga en la mente y el idiolecto del racista. Ni xenofobia, ni aporafobia, ni intolerancia ni milongas semejantes que sólo relativizan el origen de este problema mundial, sistémico, estructural y transversal: el racismo. Tan arraigado lo tenemos, que asesinan a un negro en Estados Unidos y el mundo se echa a la calle en repulsa por el hecho, desafiando incluso a la pandemia.
Sí, un negro, sí, una persona, sin excusas de viejas historias ni añejos responsables. Buscar en el asesinado los motivos de su muerte es excusar otra vez al que mata, sea policía, militar, ciudadano ejemplar o lo que se quiera: matar a otro es siempre una tragedia que de nosotros exige, primero y sin paliativos, nuestra repulsa.
Enseñemos más respeto, volvamos a hablar de “amar al prójimo como a uno mismo”, construyamos mosaicos y no monolitos. Esta atomización de los “hunos y los hotros”, esta tribalidad enfermiza e idiotizante de la sociedad de la que nos habló Unamuno, terminará por justificar nuestros odios más atávicos, nuestro primitivismo más absurdo y nos destruirá.
Esta pandemia, ya ven, no cambiará nada, somos necios voluntariosos. El virus mata a todos en todas partes, de todos los colores y al mismo tiempo, y ni así aprendemos que el racismo es una de las estupideces más grandes que hemos inventado como sociedad. No respetamos ni la fe ni la Biología: somos entusiastas de la ignorancia.
El autor es escritor