Los ‘realities’ detestables que hay por todos lados

Pues se me acabó la temporada de televisión y me despedí hasta octubre, creo, de todos los Law & Order, CSI, Bones y Grey’s Anatomy y permanentemente del bestia de Charlie Sheen.

Así que ahora hay que mirar la oferta de realities o (término mío y nuevecito): traumalities, o noticias que te dejan traumada.

Ejemplo: la tusa en el terreno de la ex embajada gringa, o algo que acabo de ver en HLN: en Estados Unidos cifras nuevas: Criar a un pelao, desde la concepción hasta terminar secundaria, costará un cuarto de millón de dólares.

En este momento confieso que durante años estuve convencida de que la serie Lost era un reality porque salió por el mismo tiempo en que salieron Survivor y sus imitadores.

Pero el concepto del reality show no es cosa de nuestra época.

En 1705, un marino llamado Selkirk fue abandonado en la isla de Juan Fernández, Chile, suscitando en su nativa Inglaterra una viva emoción: su saga quedó plasmada en la inmortal obra de Daniel Defoe (Robinson Crusoe, 1719).

El primero en plagiar el concepto fue el suizo Johann David Wyss, quien escribió Der Schweizerische Robinson o Los pequeños Robinsons en su isla (1812) para entretener a sus hijos.

Pero el boom aquel comenzó con la versión escandinava de Expedición Robinson, que se propagó con rapidez por todo el mundo, hasta que llegó a la meca del cine, donde se reprodujo como un cui.

Ya antes otros habían plagiado a Defoe y Stevenson: el primero en la era de la televisión fue Perdidos en el Espacio, el del robot que movía los brazos y anunciaba ¡Peligro, Will Robinson, ¡peligro!”.

Y luego están las cansonas “celebutantes” como la Paris Hilton (cuya estrella parece apagarse de a pringos: ahora tiene un programa en MTV, My new BFF (best friend forever o “mejor amiga para siempre”) y otras las Kardashians (confieso que lo único que sé es que se las pasan de compras) o las conejitas de Hugh Hefner (NBC va a hacer una serie sobre el Playboy Club la próxima temporada; veremos si llega al cable latino) o los aprendices del Trump, el mismo del velero de concreto en Punta Pacífica.

Pero al fin de cuentas, estos programas no lavan el cerebro, simplemente lo dejan en la canasta de la ropa sucia.

Así que veré repetidas de So you think you can dance o colgaré el remoto y tomaré el iPad, que cada día tiene una oferta más nutrida.

O me dedicaré a Tweeter, para anunciar todo lo de mi vida que dejo por fuera en el resto de mis notas semanales, como parece que hacen millones.

“Ey man, el arranque es esta noche en X y dicen que va a llegar Fulanito”.

Reality en 140 caracteres o menos.


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