El Presidente, otra vez, se llena de palabras que lo comprometen, por lo menos con ellas mismas, y mi primera reflexión es sobre el valor y el respeto que hay que tenerles pero, ya sé, son sólo palabras, y en política no son objeto del más mínimo respeto: se usan para manipular voluntades y emociones.
Reflexiono sobre el fanatismo estúpido de los correligionarios: lo que importa es el hombre, el partido, los colores. Los hechos son matizables y hasta justificables desde las siglas y el ideario. Preocupa más ser un buen lambón que buscar soluciones o propósitos de enmienda, porque se trata de dejar todo como está para que el negocio continúe.
Reflexiono en la poca visión, en la falta de un gran plan de estado, en lo poco que nuestro gobierno se está asesorando sobre la pandemia con otros países que nos llevan ventaja. Es cierto que nadie nació para enfrentar una crisis como esta, ni parece fácil hacerlo, pero toca buscar otras soluciones: así no vamos más que hacia el desastre.
Pienso en el hambre de la mayoría, en la educación que se desmorona, en los profesionales de la salud que se exponen a diario, en los puestos de trabajo que se han perdido para siempre. Pienso en los que murieron, y en los que morirán por el virus, en las huellas de luto que caminan toda nuestra tierra, en las violencias que ya bullen bajo nuestra piel.
Le hice caso al Presidente y reflexioné, y concluyo que su gestión de esta pandemia no es la mejor, que tanta opacidad me preocupa, que parece que se han sentado a ver si una brisa brava se lleva el virus y lo resuelve todo. Y lo peor, es que quedan cuatro años de lo mismo, ojalá no sea así, cuatro años del espectáculo vergonzoso que se lleva dando a diario desde los tres poderes del Estado sin que nadie sea capaz de detenerlo.
El autor es escritor