Llego la época del año donde el mundo se viste de verde y rojo, el gordiflón de barba blanca que viene del polo norte en un trineo tirado por renos, siempre sonriente, acecha las chimeneas y las ciudades se llenan de lucecitas, los almacenes extienden su horario y el tráfico aumenta. Recordemos que es tiempo de paz, de amor, de reconciliación, es el momento justo para reunirnos en casa, para perdonar, abrazar a nuestra familia y agradecer a Dios por cada día vivido, por cada amigo nuevo y cada meta alcanzada.
No obstante, somos víctimas del comercio y utilizamos este mes para saquear nuestras cuentas de ahorros, aumentar nuestras deudas, deforestar la naturaleza y vivir el stress de fin de año en busca de regalos, de obsequios que llenen las expectativas de quien los espera, de llenar nuestra bolsa de detalles que muchas veces no tienen ninguna utilidad pero llenan el requisito que exige la sociedad de "entregar algo" Un regalo no es aquel que viene envuelto en un empaque colorido con un moño gigante y garantía por un año. Un regalo es recibir a diario la luz del sol, tomarse un café, comerse un tamal, tener la posibilidad de estudiar, leer un libro, poder sonreír y gozar de buena salud para compartir con nuestros seres queridos momentos inolvidables.
Un regalo es cada vez que oímos nuestra canción favorita en la radio, cada vez que nuestro perro mueve la cola para saludarnos, un regalo es una rosa, un beso en la mañana, un día de trabajo, un regalo es sentir amor, es tener voz para gritar, es dar las gracias y poder decir "de nada". Ya que estos son los detalles que nos recuerdan que estamos vivos. Vivos para seguir regalando alegría. Por eso en esta Navidad piensa de qué vas a llenar tu bolsa.
Celebremos la Navidad. Somos nosotros los reyes magos y traemos como ofrenda oro, mirra e incienso, es ella, la festejada y nosotros los invitados a su fiesta, nosotros quienes ya hemos recibido de parte suya un millón de regalos.
La autora es médico veterinaria
