Al igual que casi cualquiera de la Hispaniola, la isla compartida incómodamente por Haití y la República Dominicana, Paloma Rivera está en verdad consciente de que ambas naciones abrigan desconfianza hacia la otra, se quejan entre sí de cada cual y citan injusticias con respecto a la otra remontándose mucho más atrás de un siglo.
Sin embargo ahí estaba, una dominicana, despejando basura y cavando letrinas en una barriada de la capital haitiana.
“Quizá este temblor, incluso con sus tragedias, pueda hacer algo de bien al volvernos menos distantes entre nosotros”, dijo Rivera, de 24 años de edad, trabajadora social que se unió a miles de otros dominicanos para cargar la comida y medicinas.
Desde que el temblor destrozó esta ciudad el 12 de enero, una vertiginosa diversidad de soldados, médicos, trabajadores de ayuda humanitaria y misionarios ha llegado en grandes números a este lugar provenientes de todas partes del mundo, comunicándose en árabe, hebreo, mandarín y muchas lenguas más.
La mayor parte del tiempo, su política interna ha asumido un papel secundario, lo cual ha hecho que extraños compañeros de cama trabajen en cercana proximidad, aunque no exactamente hombro con hombro: israelíes y libios, paquistaníes e indios, todos intentando lograr que este país se ponga de pie nuevamente.
En otros casos, el temblor al parecer está poniendo de relieve conflictos entre aliados de Haití. Venezuela y Cuba, luchando por influencia, han criticado a Estados Unidos.
En tanto, Taiwan ha estado usando sus estrechos vínculos con Haití para mantener a raya las súplicas del Gobierno chino, que ha estado intentando ganarse al presidente de Haití, René Preval, y convencerlo de que su país ya no debería reconocer a Taiwan como una nación independiente.
Pero, entre todas las diversas relaciones políticas integradas a la mezcla, sobresale la posible metamorfosis de los vínculos de Haití con la República Dominicana. Antes del sismo, la clase política de Haití veía a su vecino al este con extremo recelo. El severo trato a los inmigrantes haitianos por parte de la República Dominicana y la persistente animosidad a causa de una matanza de decenas de miles de jornaleros haitianos en 1937, a manos del dictador dominicano Rafael Trujillo, alimentan el resentimiento, aunado a una dosis de envidia debido a la relativa prosperidad del vecino inmediato de Haití.
Sería imposible borrar todo este resentimiento en apenas dos semanas. Pero los miles de dominicanos que ayudan a las víctimas aquí pudieran haber empezado a corroer las divisiones entre los 18.6 millones de personas distribuidas casi de manera uniforme a lo largo de ambas naciones.
La decisión tampoco ha sido fácil para la República Dominicana. La propuesta del presidente Leonel Fernández de enviar más de 100 efectivos a Haití desató un debate con respecto a qué pasaría si los soldados encontraban violencia, al tiempo que algunos de los opositores de Fernández dijeron que dicha propuesta debería ser sometida a la aprobación del Congreso.
Analistas políticos también destacan que la asistencia no es puramente altruista. Para empezar, a la República Dominicana le preocupa un éxodo de haitianos cruzando la frontera, así que está en su propio interés estabilizar Haití.
Sin embargo, el trabajo de los voluntarios dominicanos apuntó a otras motivaciones más idealistas. Cada día, ellos distribuyen comida en la barriada conocida como Delmas 54 y trabajan en un censo de las personas sin hogar. Incluso llamaron al campamento para personas desplazadas que ellos ayudaron a crear Quisqueya, palabra usada en ambos países para referirse a los orígenes indígenas de la Hispaniola.
Elisabeth Delatour Preval, la primera dama de Haití, dijo que cuando fue finalmente capaz de entrar a su computadora después del temblor, uno de los primeros mensajes que ella recibió fue de su contraparte dominicana, Margarita Cedeño de Fernández.
“Me preguntó cómo podía ayudar”, dijo Elisabeth Preval, notando que sus maridos también habían estado en frecuente comunicación desde el sismo.
En las palabras de Lorraine Mangones, activista de la comunidad haitiana, “supongo que ellos no nos odiaban tanto como nosotros creíamos”.