[CARTAS DESDE EUROPA]

¿Quién es el responsable?

Gracias a una mano de obra en condiciones de semiesclavitud, las manufacturadoras chinas ponen a disposición de los europeos productos mucho más baratos que el mismo fabricado ‘in situ’.

Leo en la prensa madrileña hojeando un diario bien de mañana que cada uno de los europeos –como yo mismo– es responsable de la emisión a la atmósfera de cuatro toneladas de CO2 generadas no aquí donde vivo, en el reino de España, ni en Alemania o en Francia, sino nada menos que en China. ¡Qué sobresalto! A ojo de buen cubero, y por medio de no sé muy bien qué mecanismo hasta ahora oculto, resulta que todos los días arrojo al aire cerca de 11 kilos y pico de ese gas responsable de convertir en aún más caótico el clima que padecemos. Conviene, al salir de casa, vigilar que no haya al acecho uno de esos catalanes atrapados por la gran nevada de las últimas semanas que se ha enterado de que el responsable en última instancia de sus problemas soy yo y ha acudido a vengarse.

Por una vez, la noticia era tan inquietante como para no dejar la lectura en los simples titulares. Al adentrarse en el texto del reportaje, cabe averiguar que la razón de tanta culpa acumulada no es otra que la del tráfico internacional de mercancías. Gracias a la disponibilidad de una mano de obra en condiciones de semiesclavitud, las empresas manufacturadoras chinas ponen a disposición de los comerciantes europeos, ya sean casas de moda o vendedores de electrodomésticos, productos a un precio mucho más barato que el mismo fabricado in situ.

Acabáramos. Mi culpa no tiene que ver, pues, con oscuros manejos de generación de efecto invernadero. Se limita a la decisión de comprarme unos vaqueros de vez en cuando; unos pantalones que, por cierto, me cuestan lo mismo que antes, cuando se hacían en Barcelona. Bien curioso resulta el mecanismo. Más aún lo es el proceso que llevó al periodista autor de los titulares de la noticia –la del cálculo hecho por dos científicos acerca del alcance de la externalización del CO2– a arrojar sobre las espaldas de los ciudadanos europeos el sambenito de la contaminación bárbara generada en China.

Para mí que, si cabe hablar de responsables, lo suyo es fijarse en quienes toman las decisiones estratégicas al respecto: importar del gigante oriental. Lo hacen no con el fin perverso de convertirnos a los consumidores de los artículos chinos en culpables llenos de remordimientos sino a causa del motor más potente que hay en el ser humano: la ambición. Así, fabricando en China, se gana más dinero. Habrá quien sostenga que no, que lo único que logra el comerciante marco-polo es mantener a flote su negocio en un mundo, el del mercado libre, muy competitivo y horro de cualquier cautela ética.

Es la figura de la Reina Roja de Lewis Carroll: resulta necesario correr a toda prisa para mantenerse en el mismo lugar. Y, entretanto, cuatro millones de toneladas de anhídrido carbónico al aire por europeo. O cuatro mil por industrial que tal vez no haya leído nunca las aventuras de Alicia en el país de las maravillas. En esas estamos: en lo maravilloso que es dar con un titular atractivo, tengo o no que ver algo con la noticia en sí.


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