La OTAN aprobó por unanimidad intervenir en Libia y tomó control del espacio de exclusión aérea. Son nada menos que 28 países entre los que está Turquía, el único Estado musulmán del tratado.
A Turquía le conviene que caiga Gaddafi. El che Guevara libio es más socialista que musulmán, así se disfrace de Alí Baba con los trapos más curiosos del desierto.
El presidente Recep Tayip Erdogan, quien está haciendo un vuelco sutil al islamismo –aunque la sutileza no sea un atributo que abunde en la región–, prefiere un mandatario sometido a los designios del Profeta, en lugar de un desaforado impredecible tal cual es Gaddafi.
Otro gobernante importante que también empieza a sufrir los embates de los musulmanes extremistas es el sirio Bashar al Assad, el heredero del trono “democrático” de Damasco, quien también tiende más al socialismo que al islam.
Bashar al Assad pertenece a una secta denominada Alawita, de la rama chií, que constituye apenas 10% de los musulmanes sirios. Estando en minoría le conviene mantener un Estado relativamente “laico”, de lo contrario los suníes se lo pueden comer vivo. Y ese es exactamente el almuerzo que se quieren dar en el Medio Oriente.
Los suníes wahabitas obedientes al único líder árabe, el venerado Osama Bin Laden, son los que están organizando las revueltas que empezaron en El Cairo y que seguirán cundiendo hasta que la Hermandad Musulmana y Al Qaeda tengan el control de todos los países. Los chiíes hacen su parte obedeciendo a los ayatolás.
De momento la maravillosa ola revolucionaria es regocijante, pues sus enemigos son nada menos que los dictadores socialistas y de esos tenemos en América Latina como nunca antes.
Hugo Chávez, Evo Morales, el dúo de los hermanos Castro, Cristina Fernández de Kirchner, entre otros, se quedaron sin amigos en el mundo occidental. Con Estados Unidos el rompimiento es completo, los europeos los miran como salvajes, lo único que les quedaba, pues, eran sus socios árabes y, estos ahora andan en problemas tan serios, que hasta son capaces de venir a refugiarse al cono sur, a pesar de que sus días podrían estar contados vayan donde vayan. Es lo que les pasa a todos los criminales.
El padre de Bashar al Assad, Hafez, mató a 10 mil personas aplacando un levantamiento islamista en la ciudad siria de Hama, en 1982. Situaciones semejantes son parte de la historia de todo el mundo árabe.
Los jordanos asesinaron a miles de palestinos; los palestinos a su vez lo hicieron con miles de cristianos; los suníes mataron a cientos de miles de chiítas y a millones de cristianos, igual que los chiíes han hecho con los kurdos. Lo que ahora ocurre será un proceso sangriento pero no necesariamente largo, puesto que la gran mayoría de la población árabe –más del 80%– es joven y como no parecen temer a la muerte, en dos o tres años podrían estar dominando el Asia Menor.