[EXTRACTO]

La revolución pendiente

Un año después de su elección, Obama ha puesto en marcha grandes cambios en Estados Unidos, pero aún no ha definido con claridad su presidencia.

Como a los cantantes a los que siempre se reclama la vieja canción de éxito, cada acto de masas en el que participa Barack Obama acaba con el célebre Yes, we can. Esta semana se ha escuchado mucho. El domingo, en Nueva Jersey.

Obama lleva varios días participando en mítines de apoyo a los candidatos demócratas que compiten en las elecciones parciales de hoy martes, la primera prueba de su presidencia. Pero, un año después de su victoria electoral, el Yes, we can suena hoy más artificial, ha perdido brío, lo mismo que el movimiento que simboliza. La revolución que nació el 4 de noviembre de 2008 conserva todo su potencial de transformación, pero no tiene ya la energía juvenil de esa noche electoral en la que cientos de miles de personas se echaron espontáneamente a la calle para celebrar el acontecimiento potencialmente más trascendente de lo que va de siglo.

Pocos momentos en la memoria reciente despertaron tantas esperanzas como aquella noche, que se recuerda cálida para esta altura del otoño. Una conjunción de hastío por el período de George Bush y de ansiedad universal por el nacimiento de líderes referenciales, elevaron a Obama a una categoría casi sobrehumana.

El color de su piel, su mensaje de progreso y su voluntad de construir puentes de entendimiento en el mundo contribuyeron a crear ese clima. El mundo, en su mayoría, mantiene altas las expectativas, como prueba la reciente concesión del premio Nobel de la Paz. Pero aquí, en Estados Unidos, han surgido en este tiempo dudas, inquietudes, tanto en la derecha como en la izquierda, y la fe en Obama está ahora condicionada a la consumación de su obra.

Nada grave ha ocurrido en este período que permita todavía cuestionar la capacidad de Obama para hacer historia. Preside un gobierno brillante que no ha cometido errores relevantes. Se ha salido de la crisis económica, se han borrado las huellas más sangrantes de la administración anterior y se han puesto en marcha ambiciosas iniciativas, tanto en el ámbito doméstico como internacional.

Obama ha cumplido hasta ahora con éxito la labor de eliminar el pesado lastre heredado de George Bush: los bancos han resucitado, la industria del automóvil vuelve a tener beneficios, la Bolsa está en tendencia predominante al alza, los abusos legales en aras de la guerra contra el terrorismo han acabado –incluso esa denominación ha sido abolida– y Estados Unidos ha recuperado gran parte de su prestigio internacional.

En lo que Obama no ha tenido éxito hasta ahora es en la definición precisa de su propia presidencia. Superada la etapa del contrapunto de Bush, falta saber qué aportará Obama a la historia de esta nación.

Los conformistas europeos pueden entender que ya ha hecho suficiente, que un primer presidente negro representa en sí mismo un cambio. Pero conformarse es un verbo que no se conjuga en Estados Unidos, donde a Obama se le exige aún mucho más. Las encuestas reflejan esa insatisfacción. Obama ha perdido algo más de 10 puntos desde que asumió el cargo, el 20 de enero, y su respaldo oscila hoy entre el 50% y el 55%, positivo pero no grandioso. Ese descenso es más acentuado entre los votantes que se definen como independientes, que suelen ser, lógicamente, los menos ideológicos y los más exigentes a la hora de reclamar acciones, no palabras.

Ese es, por supuesto, el talón de Aquiles de Obama hoy por hoy: la falta de resultados tangibles para los ciudadanos norteamericanos. Un problema que se hace más ostensible al contraponerlo con la hermosa oratoria que el presidente ha exhibido desde el primer día.

Los cambios se demoran (sanidad, energía), las promesas se matizan (inmigración, derechos homosexuales) y los plazos se extienden (Irán, Afganistán). Incluso en aquel terreno en el que el progreso es evidente, como el de la economía, este se ve opacado por la lentitud en la creación de puestos de trabajo. Se dice con frecuencia que Obama está descubriendo la dureza de gobernar, de hacer realidad los programas electorales.

Es cierto. Las dificultades para el cierre de Guantánamo son la mejor prueba. Pero, más que eso, lo que ocurre es que Obama es un hombre templado de carácter y complejo intelectualmente a quien le gusta escuchar muchas opiniones diferentes antes de hacer una apuesta. Sus rivales interpretan eso como vacilación y le acusan, como en el caso de la guerra de Afganistán, de falta de decisión.

Un líder primitivo y sectario tiene, en el fondo, más fácil la identificación de su gestión.

Obama está todavía pendiente de definirla.


Última Hora

  • 18:36 Lorena Wiebes se convierte en la primera líder del Tour de Francia Leer más
  • 18:35 Dejan detenido a presunto reclutador de panameños para la guerra en Rusia Leer más
  • 18:13 La UEFA pide que rindan cuentas los responsables de los planes secretos de la FIFA Leer más
  • 18:02 Alianza logra su primera victoria y pone la mira en el reto internacional Leer más
  • 17:52 Licitarán otra vez la planta de tratamiento de aguas residuales en Caimito a un costo de $139 millones Leer más
  • 17:50 Yemil sale de prisión: Jueza de Cumplimiento reemplaza pena por libertad vigilada Leer más
  • 17:37 Embajador de la India se despide de Panamá abriendo la puerta a medicamentos más baratos Leer más
  • 15:50 Medio Oriente: Embajadas de Estados Unidos instan a sus ciudadanos a abandonar la región ante posible escalada de la guerra Leer más
  • 15:38 España acusa de ‘egoísta’ la respuesta de algunos países de la UE y pide unidad ante la crisis migratoria en Ceuta Leer más
  • 14:59 Adalberto Carrasquilla regresa con asistencia y Rodríguez marca en derrota de Juárez Leer más