El mundo científico gira a una velocidad increíble en la busca de productos médicos óptimos para prevenir, diagnosticar y tratar pacientes con Covid-19. En el último mes más de 100 productos han salido a la luz como el Santo Grial de la cura, desde el uso de la gelatina de Wharton de cordones umbilicales, terapia biológica, celular, seroterapia, terapia antirretroviral, antibióticos, entre más exótico mejor, etc. Pero no hay duda de que el más popular ha sido cloroquina e hidroxicloroquina. Lo que algunos no saben es que la popularización y uso indiscriminado de la droga del momento ha causado problemas en la distribución para su uso aprobado, ya que son medicamentos esenciales para enfermedades tropicales desatendidas, como son la malaria y otras como Lupus Eritematoso Sistémico. Estamos viviendo un momento histórico, en el “boom” de un medicamento y su uso como tratamiento para Covid-19 sin la evidencia científica adecuada. ¿O no?
“Desconocer la historia nos condena a repetirla” me dice uno de mis maestros, y es cierto. A lo largo de la turbia y fascinante historia de la medicina occidental, pseudo médicos y cirujanos barberos vendían cualquier poción como cura para las enfermedades infecciosas. En el apogeo de la peste negra en los 1300’s se consideraban tratamientos aceptables la autoflagelación, las sangrías o tomar vinagre, arsénico y mercurio. Otras terapias históricas para enfermedades infecciosas que vale mencionar son tomar pociones de esmeraldas trituradas, baños de orina, usar sanguijuelas, tomar triacula, etc. Por supuesto en esos tiempos el mundo microbiológico y las teorías de Pasteur no existían. Técnicas diagnósticas de punta era interpretar los humores o examinar los intestinos de una vaca.
Y a pesar de los avances, la historia se repetía, más adelante en el tiempo, cuando se demostró la efectividad de la Quinina (derivada de una planta originaria de países andinos, Chinchona ledgeriana) como tratamiento para malaria, este medicamento fue severamente alterado en varias regiones del mundo. Otro ejemplo fue la falta de disponibilidad de penicilina luego de la segunda guerra mundial, y se vendían falsificaciones que cobraron un buen número de vidas.
No hay que montarse en una cápsula del tiempo, actualmente existe un mercado negro de medicamentos falsos para el tratamiento de la malaria en el sudeste asiático y en África (del tipo derivados de la artemisina) que ha llevado a muchas muertes y ha contribuido a que ese parásito desarrolle resistencia a los tratamiento. Otro ejemplo notorio es la falsificación de quimioterapia y su venta por internet. En el 2017, la interpol tumbó 3 mil 584 sitios del internet que se dedicaban a la venta ilegal de medicamentos falsificados y vendidos como tratamientos anti-cáncer, anti maláricos, para epilepsia, disfunción eréctil, antipsicóticos y productos nutricionales. Expertos estiman que anualmente mueren más de 100 mil personas por consumir medicamentos subestándares y falsos.
Las drogas sin calidad (por problemas en producción y errores en la cadena de distribución) son producto del ahorro en la producción, y los agentes falsificados (fraude) son los que surgen en épocas de desabastecimiento, aprovechándose de poblaciones que mueren por enfermedades infecciosas emergente amenazadas, remergentes u olvidadas.
La Pandemia de Covid-19 trae una amenaza de la mano, una vieja conocida, y es el surgimiento de productos médicos de poca calidad y falsificados, y no solo me refiero a tratamiento. Sino a otros productos como mascarillas, jabones, geles con alcohol y pruebas diagnósticas. En el internet, proliferan las afirmaciones de curas, diagnósticos expeditos, publicaciones “científicas” sin calidad ni evaluación por pares, y cada día hay más.
Actualmente se están evaluando múltiples intervenciones diagnósticas, terapéuticas y preventivas para Covid-19. Cuando tengamos la evidencia suficiente de que un producto sea eficaz, se necesita garantizar su distribución global. No como cuando salió una publicación sobre el uso de hidroxicloroquina con azitromicina y países poderosos acumularon el producto lo cuál causó una disrupción en la cadena para el tratamiento de otras enfermedades.
La calidad de la atención de salud está en riesgo, y los medicamentos, pruebas diagnósticas, e insumos médicos, son susceptibles al miedo, desesperación y desinformación, principalmente en países con pobres recursos. No debemos caer en la tentación de la frivolidad de las redes sociales, y creerle al primer profeta que tenga la cura mágica para Covid-19.
Primum non nocere.
La autora es especialista en enfermedades infecciosas-medicina tropical y atiende pacientes Covid-19