Aristóteles elevó la risa a categoría filosófica hace mucho tiempo. Con la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, podemos entender hasta dónde la risa puede ser un arma peligrosa.
Los griegos fueron los artífices del teatro de comedia, donde la risa era un instrumento para atacar a los segmentos de poder sin que ellos se dieran cuenta.
De allí viene la noción del Carnaval y los tributos al dios Momo. En la fiesta se pierde el pudor porque es necesario reírse para sentirse libre. La mueca, la risa, la burla son máscaras de un solo rostro. Luego se retoma la seriedad y se regresa a lo recto, que es lo moralmente correcto; otra máscara.
Las máscaras, que simbolizan el humor y el llanto en el teatro, son una representación simbólica de una dualidad para expresar nuestras emociones.
Pero también son la otra cara que nos habla del otro que nos oprime. Solo hay una forma de confrontarlo y es riéndose de él. Si no podemos reírnos del que nos oprime no somos realmente libres y la democracia es una farsa. En una sociedad realmente libre es válido reírse de los opresores.
Si le damos al sarcasmo, la sátira, la ironía y otras estructuras del humor la categoría de poder, estamos haciendo un contradiscurso a los poderes hegemónicos. En la risa está la forma de enfrentar al poder y cuando podemos burlarnos del poder le estamos diciendo que no le tenemos miedo. De allí la importancia de los caricaturistas que con el humor gráfico relatan la cotidianidad y se ríen del poder.
Con el humor podemos cuestionar a la autoridad y sus desatinos. Con la risa podemos dudar y reflexionar. Con la risa nos protegemos de las instituciones de control social, desde lo público y lo privado. Por eso hay que leer el Quijote y todo libro donde el humor es una herramienta de emancipación. No tengas miedo de reír. No le temas al sarcasmo. Teme a tu silencio que no dice nada o al ruido que entorpece el pensamiento.