Recuerdo perfectamente la primera vez que pisé el fuerte de San Lorenzo. Y la segunda. Y la tercera... todas están en esa parte de la memoria que uno cuida con cariño. Es uno de los lugares más impresionantes de Panamá. Son muchos los factores que influyen para que yo lo califique como patrimonio de mi humanidad (y de ser así, también de toda): la impresionante vista del truncado río Chagres, el camino selvático que hay hasta llegar a él, el ruidoso silencio en una tarde de lluvia, los nidos de oropéndolas flanqueando la entrada a la antigua fortaleza, una comida (o varias) bajo una de las bóvedas que queda en pie... me gusta San Lorenzo pero, además, es una de las piezas del rompecabezas histórico que guarda el Istmo como lugar fundamental en el esquema de transporte de la Colonia.
Portobelo es aún más importante a la hora de entender la Panamá posinvasión española. No se me olvida que la primera vez que visité este pueblo, allá por 2004, un colombiano emprendedor que había abierto un pequeño negocio de hostelería –y se había preocupado de escarbar la historia y distribuirla entre los visitantes– se quejaba sorprendido del poco valor que en Panamá se le daba a Portobelo. Y es cierto: no figura en las rutas turísticas básicas y su apogeo se reduce a la romería del Cristo Negro y al esfuerzo que han hecho algunas personas de la sociedad civil por resignificar y potenciar la tradición de los congos. El resto del año, el patrimonio de la humanidad que esconde esta ciudad vive con basura y desdén el paso del tiempo y el desgaste del abandono.
Uno se pregunta si tendrá que ver con que estos dos lugares están en la provincia de Colón y no hace falta ser un especialista en Panamá para saber que Colón no existe en los planes de Gobierno ni en la mente de muchos ciudadanos (excepto los colonenses, claro, que muestran con orgullo un arraigo a prueba de olvidos).
San Lorenzo ha estado secuestrado. Primero dentro de una base militar gringa y ahora dentro de la ignorancia supina de los gobernantes del país. Portobelo sufre de un castigo histórico: quizá por ser enclave de afrodescendientes retadores y con orgullo; quizá por haber sido uno de los puertos más importantes de las Américas y no haber sabido o podido competir en el mundo contemporáneo (ya se sabe: no ser productivo es, ahora, lo peor).
El hecho es que ambos están ya en la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro. Y con razón. Los sucesivos gobiernos panameños –enfermos de un capitalismo rentista digno de sus antepasados criollos y colaboracionistas con todos los colonizadores, los del siglo XVI y los del XX– jamás han apostado por algo que no permita abrir una “ventana de negocio” para algún amigo o para ellos mismos. Y estos lugares no son negocio.
Ahora, el inexistente Instituto Nacional de Cultura dice no tener 200 mil dólares para hacer un estudio que nos diga qué hacer para salvar San Lorenzo y Portobelo. Lloro de compasión por unos funcionarios que si tuvieran dignidad dimitirían antes de seguir haciendo este daño a la nación y a su patrimonio –que es algo así como el ADN de los pueblos–. Solo con lo que cuesta el innecesario “rompeolas turístico” del que presumen los promotores de la tercera fase de la cinta costera hacían varios de estos estudios. Después, sobraría plata para poner en valor este patrimonio con los más de 30 millones de dólares que se ahorrarían al hacer la conexión de la segunda fase de esta cinta–cinturón con la Avenida de los Mártires mediante un túnel en lugar de con el perverso viaducto marino.
Si todos los gobiernos han mirado antes por sus intereses particulares que por el interés común, el Ejecutivo de Martinelli, además, va a borrar los pocos signos de identidad que tenía el país. Los museos regionales se están cayendo, el museo de antropología es una nevera fría y sin contenido, el frente marino de la capital va a parecer una torta de cumpleaños de mal gusto y los proyectos turísticos en la antigua base militar de Sherman crecerán al ritmo que el viento se lleve el polvo de piedra en el que se convertirá el vigía del Chagres. Qué dolor.