A la muerte de Gaytán y de Allende debo agregar otra que cambió el destino de Cuba. El 16 de agosto de 1951 Eduardo Chibás, líder de la ortodoxia cubana, al no probar unos cargos que hiciera al ministro de educación Aureliano Sánchez Arango, dio fin a su vida, con su propia mano, rompiendo de un balazo sus entrañas. Fue un impulso suicida determinado por el decoro del líder cubano. En nuestro medio el que hace cargos sea catedrático o simple embustero y no los puede comprobar, recibe el premio de los honores de la publicidad permanente. El escritor Ricardo Riaño Jauma de una sola pincelada ofrece una especie de retrato de la personalidad de Chibás: era frágil y perecedero, con defectos y virtudes, ora tocado de misticismo, ora envuelto en la furia implacable de las imprecaciones, llenó un momento de vacío moral en la vida pública cubana. Chibás era más que una fuerza política en acción; era la conciencia del pueblo hecha verbo.
Los amigos y enemigos de Gaytán, Chibás y Allende pueden decir de ellos lo que sirve para exaltarlos o denigrarlos, pero la historia los distingue como seres excepcionales, nimbados por una gloria que emerge de la conciencia lúcida de sus pueblos.
El final de Allende estuvo a la altura de su alta envestidura y de su carácter de varón dignísimo. Asesinado por las fuerzas golpistas o suicida, la incógnita histórica, al resolverse, sea lo que fuere, enaltece su personalidad bizarra, de gran coraje. Cuán distinto el final de Allende, con los finales de muchísimos presidentes de la dictadura panameña.
El mundo ha seguido estremeciéndose con hechos bárbaros y luctuosos. Hoy un asesino segó la vida de la canciller de Suecia. Mujer talentosa, joven, con un extraordinario futuro político, con sentido de patria y de pueblo. Sola, sin escolta alguna, de visita a un supermercado, recibió varias puñaladas, todas necesariamente mortales. ¿Qué hacer con los brazos terroristas y con los puñales de la muerte? ¿Qué hacer para que otros seres, como los palestinos e israelíes, tengan el reposo que debe brindar la vida? ¿Hasta cuándo esos dos pueblos tienen que convivir con la sangre y la muerte? ¿Por qué los organismos internacionales siguen exhibiendo su incapacidad para luchar por la paz y para imponer coercitivamente sus decisiones fundadas en el derecho internacional?
Al amparo de la rabia que produjo en Nueva York el 11 de septiembre, el eje Washington-Londres-Madrid llevó la impiedad al pueblo de Irak, so pretexto de que su despótico gobierno poseía armas de destrucción masiva. Pero las armas siguen en el misterio. Violando la carta de la ONU, estos gobiernos vulneraron, por tanto, la legalidad internacional y desde entonces cada día trae una nueva agonía fatal, generalmente inocente, víctima de los invasores o de la resistencia interna.
La creencia popular, al no encontrar las explicaciones reales de la violencia, se limita a pregonar que el mundo se ha vuelto loco. Tan loco que ya en Colombia los subversivos no causan los males con carros bomba, sino con caballos bomba, matizando con mayor primitivismo la acción terrorista.
En nuestro país las maneras de protestar dejaron atrás lo que era común. Las grandes concentraciones de masa con oradores que llevaban la vocería de los manifestantes han tenido su reemplazo en los descomunales tranques y en la dialéctica de las piedras, para enfrentar la dialéctica de los hombres. Si de lo que se trata es de convencer a los pueblos y a los gobiernos de las bondades de una línea política o social, la palabra es el instrumento idóneo.
Estas notas las escribo a raíz de los sucesos administrativos del Seguro Social que culminaron con el cese provisional del director general. Una especie de destitución anunciada. No puedo conjeturar sobre las proyecciones de las protestas, también una especie de reacción anunciada, pero con ellas o sin ellas, la mesa del diálogo, donde cada participante sea honestamente parte de la solución y no del problema, tendrá que ser la única alternativa institucional.
Los palestinos e israelíes no han querido entender que solo con el diálogo resolverían sus controversias complejas y centenarias. Ante la ausencia de la palabra creadora o ante una hoja de ruta ficticia o ignorada, el Medio Oriente se consume en la tragedia con la misma inconsciencia como se va consumiendo la Caja de Seguro Social. No se trata de un símil exagerado, porque si las partes en conflicto no ponen de sí lo que tienen de sensato, el Seguro Social perecerá causando los peores males a los asegurados. Es de esperar que la violencia física o verbal que agobia al mundo no sea imitada por los interlocutores de la mesa de diálogo.
