La gran Rufina, mujer inigualable, no solo fue sujeto de discriminación de género, sino también de discriminación racial y de clase social.
Recordemos que en esa época la mujer no valía. Una vaca tenía más valor y por ende la clase machista dominante no iba a permitir que una doncella de inigualable belleza ostentara el cargo de libertadora de la patria istmeña y por eso no se le quiso ni se le quiere reconocer ese título de libertadora de la patria istmeña, que sí se le concedió a Simón Bolívar.
Pero es que esta doncella lindísima, por cierto, gala de la mujer santeña de pura cepa, fue más grande que el mismo Bolívar, porque ella no tuvo que desenvainar una espada ni mucho menos desenfundar un arma, ni librar sangrienta batalla alguna.
Solo la sagacidad, astucia, coraje, valentía y valor, porque la gran Rufina no solo tuvo senos, sino también la fuerza para decirle a un imperio español basta ya de tanto maltrato y desigualdad. Quería la libertad para su patria istmeña y ella prendió la mecha de la antorcha de la libertad, la cual se extendió hasta llegar a la capital del istmo, en ese movimiento ya imparable que solo gritaba independencia.
Debemos hacerle a Rufina aquí, en la capital, una estatua similar a la de Nueva York, por ser la única heroína de la libertad de un pueblo latinoamericano sin derramamiento de sangre y que la misma se titule “Rufina Alfaro, libertadora del istmo de Panamá”. Loor a Rufina Alfaro.
El autor es abogado e investigador histórico


