Los pueblos de la carretera entre Puerto Príncipe y Jacmel son paradigma del olvido dentro de la tragedia. Los habitantes de la zona ni han olido la prometida ayuda internacional, aunque los órganos locales aseguran que llegará pronto. Sin cámaras, periodistas ni cooperantes pululando por allí, lo único que por ahora han visto los pobladores de esta parte del sudoeste haitiano son unos cuantos marines establecidos en Léogney algunas tanquetas.
La belleza tropical de las colinas que se suben y bajan para llegar a Jacmel no es de fiar. La ilusión de riqueza que pueden dar los árboles del pan, plátanos y otros frutales que los desprendimientos nos permiten ver despacio resulta engañosa. El aroma de los limones y los pomelos que pueblan el bosque durará poco.
La pestilencia te abofetea al llegar a la localidad de Tom Gato. La belleza natural da paso a la destrucción; a los tejados pico abajo y los edificios caídos de lado o hundidos hacia adentro.
A los cascotes omnipresentes. ¿Ayuda? No se ve por ningún lado, pero preguntamos. “Aquí no ha llegado nada”, nos confirma una señora, Marie Ange Délice, mientras vigila al pequeño de sus dos hijos para que no corra a la carretera: la población no es remota.
Entre los muertos en el núcleo principal de Tom Gato, de unos cien habitantes, Marie Ange y sus vecinas destacan a los 14 niños cantores de entre doce y quince años que, venidos de todos los barrios de la zona, perecieron cuando ensayaban en su coro dentro de la iglesia.
¿Y dónde están los hombres de Tom Gato? Porque no ha aparecido ni uno... “Andan por ahí, buscando comida y materiales para construir”, explican las señoras.
Cerca, en Carrefour Dourandisse, un grupo de familias detenidas en la cuneta ante un autobús averiado repite lo previsible. Todos lloran a alguien. No han recibido nada hasta hoy. Esperan que los parientes a los que visitarán en Puerto Príncipe si reparan el bus estén bien.
En Decouze, cerca de Jacmel, el comité municipal ha contabilizado 24 muertos y más de un 50% de casas destruidas. El agua hay que ir a buscarla muy lejos. Una mujer nos pide que la llevemos a Jacmel. Vale. Entonces empieza a llegar gente y al final medio pueblo se presenta ante nuestra ventanilla. Solo caben cuatro pasajeros. Uno de ellos es el joven de 20 años Salomón Renal, estudiante de filosofía. Dice que “él y su gente se sienten olvidados”. “Sobre todo por nuestras autoridades, que no han venido a vernos y hablar con nosotros”, explica. Salomón ha perdido a un hermano y no está para filosofar.
Lamenta que la ciencia sea incapaz de prever con precisión un terremoto. Pero atribuye su salvación a Dios.
Sobre la ayuda, Salomón precisa que unos médicos canadienses atienden a los heridos de la zona desde el jueves. Y a los desnutridos que ya aparecen, asegura.
Ya en Jacmel, hasta hace dos semanas una pequeña joya cultural turística de Haití, la respuesta local y foránea a la desgracia parece más ágil y organizada. Hay informes de los daños (357 muertos y un total de 40 mil damnificados), de la estrategia de recuperación, y de la llegada y la administración de la ayuda. La gente no lo tiene tan claro.