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Mario Bunge

Saber pensar para vivir

Cuando yo empecé a dar mis pininos como escritor, hace más de 35 años, pensaba que leyendo lo más complicado llegaría a ser un gran escritor. No conocía a nadie. Ni en esta ni en esa tierra. Mi sed por aprender era terrible, casi perversa. Por suerte conocí a Herasto Reyes, que trató de disciplinarme y me prestaba libros por temas para que yo estudiara. “Esto te ayudará a entender de historia, esto de filosofía…”, me decía. Yo era muy indisciplinado, o, para no ser tan duro conmigo mismo, era muy desordenado, incluso, ingenuo.

Yo quería leer mucha filosofía y me iba a la librería de la Universidad de Panamá a comprar a lo loco, sin ningún tipo de orientación. Salía de aquellas ferias de libros con las manos llenas de autores como Husserl, Hegel, Nietzsche, Foucault; me enamoré de los presocráticos y me dejé seducir por el materialismo dialéctico; me apasionaba estar horas dándole vueltas a la ontología para saber qué es el ser. Y así amanecía con el río de Heráclito fluyendo en mi cabeza.

Demoré mucho en entender que no aprendía nada. Qué el mundo se me hizo más complejo y el Ser y la Nada de Sartre se convirtieron en una verdadera nausea. Entendí, muchos años después, que no tenía que comprender a Kant ni Heidegger (que igual no los iba a entender nunca) y que bastaba encontrar las lecturas precisas que me ayudaran a saber pensar o al menos a tener un pensamiento coherente con mi idea de la vida. Las grandes preguntas en torno al ser o no ser empezaron a ser una preocupación sin sentido. No era feliz y la vida era cada vez más complicada.

La primera vez que escuché hablar de Mario Bunge fue en un artículo de mi amigo Rodrigo Noriega. Ya había empezado a leer algunas cosas de Karl Popper, Paul Ricoeur y Richard Rorty, no menos complicados, pero al menos se dejaban leer. Pero la curiosidad por Mario Bunge me llevó a leer algunos ensayos científicos y comprender que la filosofía está en las cosas de la vida de manera menos complicada. Que es tan natural y nos enseña a vivir. Bunge le dio a la filosofía una categoría científica y permitió que sus lectores pudiéramos pensar y dialogar con el ecosistema, con la vida.

Todos los que leímos un poquito a Bunge sabemos que, como epistemólogo, atacó las pseudociencias y se resistió a Heidegger, Husserl, Foucault y hasta a Nietzsche. En torno a las pseudociencias, Bunge pensaba que todo lo que se puede someter a la investigación y a las pruebas merece llamarse ciencia. Tal vez de allí una de sus famosas frases: “El mundo del hombre contemporáneo se funda sobre los resultados de la ciencia: el dato reemplaza al mito, la teoría a la fantasía, la predicción a la profecía”.

Una de las cosas que me ayudó a amar a Bunge fue que apostó por una integración de los métodos. Algo muy parecido a lo que José Vasconcelos había tocado en su Raza Cósmica y que Octavio Paz había reflexionado: debemos apostar por lo mejor del cooperativismo (socialismo), la economía (capitalismo) y la educación (la ciencia). Esta mirada ecléctica parece una utopía, pero para mí tiene más sentido cuando le añadimos a la fórmula una palabra: Cultura. Cultura como instrumento de emancipación y construcción humanística.

Mario Bunge pensaba en términos de desarrollo que ningún modelo aislado puede ser exitoso. Pensaba que los cuatro modelos biológico, económico, cultural y político debían combinarse para generar un modelo de desarrollo integral. Lo mejor de la política, la economía y la cultura. Cito a Bunge: “La libertad se conquista y se concede, pero la democracia solo puede aprenderse gradualmente, participando diariamente en la discusión y la toma de decisiones concernientes a asuntos de interés común”. ¿Se puede decir más bonito y más claro? Esto no se puede lograr sin cultura.

Mario Bunge estaba claro de que nada de eso se lograría sin técnica, sin ciencia, sin el aporte de las humanidades, las artes y, sobre todo, sin educación y cultura. De allí, tal vez, su pensamiento de incluir en la educación, las ciencias y manualidades, empezando por la cocina, para fomentar la búsqueda, la reflexión y la discusión. Y también una educación laica, que no significaba renegar de la educación religiosa, sino que no estuviera sometida a los dogmas. Al parecer, nos falta mucho para lograr el mundo perfecto, o quizás tenemos las ideas de ese mundo, pero somos incapaces de construirlo. Adiós, Mario.

El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de la Lectura del MiCultura


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