Durante la escuela primaria, como hasta quinto grado, tuvimos una profesora de música de esas inolvidables. Su nombre era Nora, pero todos la conocían como Madame, porque hablaba (y creo que enseñaba) francés también. Ya no recuerdo en detalle. Era fabulosa organizando los actos del Día de la Madre y otras fechas especiales. Recuerdo en una ocasión que montó (con alumnos de la escuela) varios fragmentos de Mary Poppins. Mantengo en la memoria particularmente el “Supercalifragilisticoespialidoso” y el “Chim chiminey” de aquella presentación, y estoy seguro que muchos de los que compartieron aulas en el Instituto Pedagógico en los años setenta también la recordarán.
El caso es que la profesora Nora tocaba piano con una facilidad pasmosa y nos enseñaba canciones infantiles de lo más divertidas. Nos pedía que escribiéramos las letras en un cuaderno y que lo ilustráramos con figuras referentes a lo que decía cada canción. Aún hace unos años, encontré en mi casa uno de aquellos cuadernos llenos de tan gratos recuerdos.
La gran mayoría de aquellas canciones eran composiciones de dos autores latinoamericanos. El mexicano Francisco Gabilondo Soler, conocido por su nombre artístico Cri-Cri, y María Elena Walsh, poeta y compositora argentina, que hizo carrera escribiendo para los niños del continente.
Como siempre, las canciones infantiles solían contar historias de animales o de situaciones que, en su gran mayoría, llevaban en el fondo algún mensaje subliminal sobre las letras, los números, la familia o la responsabilidad. Así, con el acompañamiento del piano de nuestra “Madame”, nos divertíamos con los coros de La mona Jacinta, La patita, Las vocales, El chorrito, La vaca estudiosa, Los tres cochinitos, El ratón vaquero y tantos otros.
El caso es que esta semana, a raíz de la pandemia de Covid-19 y de nuestro entorno, recordé particularmente una de aquellas canciones que nos enseñaron en la infancia. Se llamaba El reino del revés y hablaba de un lugar donde todo lo que ocurría era diferente a lo que la lógica indicaría. Así, en el reino que contaba aquella canción “un ladrón es vigilante y otro es juez” (¿les suena?), “dos y dos son tres”, “hay un perro pequinés que se cae para arriba” y que allí “nadie baila con los pies”.
Pues parece que el mundo se está convirtiendo en el reino que visualizó Ana María Walsh al componer su canción. Resulta que abogados y arquitectos se han dedicado a hablar en las redes sociales de epidemiología, virología, inmunidad celular, anticuerpos y vacunas, como si eso se aprendiera en códigos y decretos, o si se dibujara con reglas, escuadra o AutoCad.
Aunque parezca increíble, hay familiares de gente que se negó a vacunarse por quien sabe que razón absurda y que ahora está hospitalizada con neumonía por Covid-19, que aún se niegan a vacunarse, basado en argumentos verdaderamente ridículos.
Médicos que llevan año y medio tratando de educar a la población en qué hacer para controlar la pandemia, son amenazados con querellas por faltas a la ética ante nuestro inerte Colegio Médico, por cuestionar que otros colegas cuestionen públicamente la vacunación, que ha demostrado hasta la saciedad ser la mejor manera de enfrentar no solo la pandemia de Covid-19, sino cualquier enfermedad infecciosa.
Un artículo científico, respaldado por datos sólidos, verificados y avalados por las revistas y sociedades médicas más prestigiosas del mundo, es cuestionado en base a cualquier idiotez que se leyó en algún mensaje de WhatsApp que circuló alguien que muy probablemente aprobó a duras penas la clase de ciencias de sexto grado. Cualquiera con una hoja de Excel contradice con un desparpajo abrumador los datos que publica el CDC, el lmperial College of London, la Universidad Johns Hopkins o el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos.
Todo eso sin contar la cantidad de expertos en fabricación, distribución, inmunogenicidad o aplicaciones clínicas de las vacunas que han surgido como hongos en el bosque durante los últimos seis meses.
Porque resulta que estos expertos siguen cuestionando la vacunación basados en argumentos como que si ya tuviste Covid-19, no necesitas vacunas porque ya tienes “inmunidad natural” o que la vacuna no es una vacuna porque no “inmuniza”, y otra serie de atorrancias varias. Todo esto, a pesar de ya se ha publicado en revistas de verdad (y no en Twitter), que los títulos de anticuerpos por la infección disminuyen marcadamente después de tres meses y por eso se recomienda vacunarse de todos modos.
La solución para mucha de esa gente es que, si no quieren vacunarse, no se vacunen. Ya llegará el momento donde, para subirse a un avión, entrar a un restaurante o ser contratados, les exigirán la certificación de su vacuna. Entonces, correrán a vacunarse para poder visitar Disney World.
¡Ah!, y otra canción de aquellas de María Elena Walsh, que nos enseñaba la profesora Nora, y que contaba la historia de un brujo que vivía en un pueblo llamado Gulubú, dejaba claro cómo enfrentar la pandemia cuando decía: “y todas las brujerías del brujito de Gulubú, se curaron con la vacú, con la vacuna, luna luna lú…” Así que ya saben todos, ¡a vacunarse!
El autor es cardiólogo

