El jerarca de la República rememorando el fervor de los próceres de la patria, acompañado con una modulación refinada y procurando respetar la cadencia de los discursos que tratan de captar la atención de los presentes, entonó, sin miedo a la equivocación o la profanación del descanso eterno de aquellos pensadores de antaño, las siguientes palabras: “Se acabó el cuento de la filosofía, de las palabras, de las promesas. Llegó el momento de la verdad, de las acciones”.
Una vez más el valor de la Filosofía es reducido a palabrerías o es tomada como algo inservible e inútil para el diario vivir. Por supuesto, no es nada nuevo catalogar el ejercicio reflexivo de los asuntos que atañen a la vida como lo son: el acto o decisiones humanas (Ética) el estudio del valor/valores (Axiología) coherencia, cohesión y consistencia del pensamiento (Lógica), la pregunta entorno al conocimiento (Epistemología), y sobre todo la administración del asunto público para el bienestar del ciudadano (lo Político); como algo que carece de sentido práctico y necesario en el acontecer humano. Sin embargo, las consecuencias, producto de banalizar el ejercicio filosófico son extremadamente graves para el bienestar de los ciudadanos que conformamos el Estado panameño y esto lo podemos percibir, por ejemplo, en la corrupción que discurre en el torrente sanguíneo de las instituciones gubernamentales, la delincuencia que afecta el sosiego de las comunidades y en la impotencia de gran parte de los ciudadanos frente a estas problemáticas.
Lo penoso del discurso es lo que entiende el mandatario por filosofía (No Filosofía), luego de haber hablado, paradójicamente, sobre la solidaridad, el cambio climático, el respeto de los derechos humanos, la reduce a un simple cuento, a una historia sin asidero concreto, a un abordaje puramente teórico, a una verbalización perpetua sin estructura y sin fin práctico. Las palabras del presidente, sin caer en cuenta, han sido víctima de aquel enemigo invisible que ensordece y ciega a quien se cree exento de caer en sus engaños: la ignorancia.
Y para empeorar o acentuar aún más la otalgia de los presentes, el discurso finaliza invocando a la verdad y al momento de las acciones. Sin embargo, ¿se estará refiriendo a las acciones que, durante este periodo gubernamental, se han caracterizado de distanciarse de todo tipo de deliberación encaminadas hacía el bien del país y no hacía los intereses particulares? Entonces, algo es cierto, la Filosofía y sus cuentos se eximen de toda responsabilidad, porque cada acción realizada ha sido tomada sin el consentimiento de sus musas: la sabiduría y la virtud.
Nota: este escrito tuvo su origen en la intervención del presidente de la República en la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU).
El autor es ingeniero industrial y estudiante de Filosofía, Ética y Valores.

