La respuesta a esta pregunta sería mayoritaria si se le consultase a la población panameña. Sería un sí rotundo. Es preciso comprender el origen y fundamento de los partidos políticos, a fin de valorar su existencia como genuina forma de expresión de la ciudadanía. Estas instituciones surgieron en Europa en el siglo XIX, aunque desde el siglo XVII ya se hablaba de ellos. Su fundamento es (en teoría) que son instrumentos para movilizar a las masas a votar por sus propuestas y participar en las decisiones del Estado.También que actúan como manifestación de la democracia representativa, es decir, son portadores de un mandato que les concede el electorado para representar el interés general. Deberían trasladar el sentir de la sociedad y transformarlo en propuestas para intervenir en las instituciones públicas.
Sin embargo, la realidad es otra. En Panamá, la partidocracia domina casi todos los aspectos de la vida de los ciudadanos. Su poder omnímodo permea de forma casi imperecedera en la sociedad. Inevitablemente, se han convertido en grupos sectarios y excluyentes, transformados en una oligarquía (entendida como el gobierno de pocos) que se aleja de las clases a las que supuestamente representa.
Aunque nuestro ordenamiento constitucional señala que los partidos políticos actúan como manifestación de la voluntad popular e instrumentos de la participación política, es menester puntualizar se trata de una norma programática, teórica, hipotética, utópica. La verdad fáctica es que la gran mayoría de los ciudadanos ignora supinamente los fundamentos ideológicos de las organizaciones políticas y se concentra en el consumo de bienes. De allí nace la subordinación casi patológica de la ciudadanía hacia esas herramientas del poder.
Es quimérico pretender que se cambie este modelo en las circunstancias actuales, porque los que detentan el poder jamás promoverán un cambio en el statu quo. Es ilusorio, por decir lo menos, que en unas reformas constitucionales se plantee esta circunstancia. Habría que modificar toda la estructura política del Estado y, sobre todo, cambiar la tradición y la cultura política a la que estamos amaestrados, subyugados, presos, cautivos.
Quiero concluir con un sueño. El mundo actual, representado por las redes sociales, permite acceder de forma casi instantánea a todo tipo de consultas en los más variados temas. La participación ciudadana es directa, sin intermediarios ¿Será que podremos volver a los orígenes, a la democracia directa ateniense? Donde los ciudadanos se reunían en la ágora y votaban y opinaban sobre los temas públicos que les concernían. Las redes sociales son una ágora inmensa, que puede en algún momento lejano reemplazar este modelo.
El autor es docente de ciencias políticas, USMA

