En el bicentenario de nuestra emancipación del coloniaje, una inflexión a las pocas enseñanzas históricas es válida para reflexionar al respecto. Bicentenario que, según narra el historiador Ernesto J. Castillero R. en sus obra Lecciones de historia patria, debemos agradecer a los patriotas don Francisco Gómez Miró, quien en Natá había anticipado con resolución su independencia, y Segundo de Villarreal, quien, el día 10 de noviembre de 1821, impulsado por un sentimiento de libertad, llegó a reunir un cabildo abierto para proclamar con vítores del pueblo santeño su liberación del yugo español, declarando a La Villa de Los Santos ciudad libre e independiente incluso de Panamá, suceso rememorado como “Primer grito de independencia”. Decisión soberana que hizo eco en Las Tablas y Natá, hasta propagarse a los pueblos de Parita, Ocú, Pesé, Macaracas, etc. Una vez designado Segundo de Villarreal gobernador político militar, y constituir una junta de gobierno denominada Junta Superior del Partido de Los Santos, con facultad para conocer asuntos de Hacienda, Justicia y Guerra, y hallarse Los Santos en disposición de unirse al propósito integracionista de Simón Bolívar denominado Colombia, a ocasión se hizo. Ulterior insurrección del pueblo capitalino que exigía adoptar la forma republicana de gobierno propuesta por santeños fue determinante, al lograr el apoyo del general José I. de Fábrega. Ocasión que sirvió para que, surgida la junta encargada de redactar los términos del Acta de Independencia, presidida por don Manuel José Hurtado padre, una vez concluida, se lograra consolidar nuestra independencia. Entonces, la Colombia bolivariana estuvo integrada por Nueva Granada, capitanía de Venezuela y Quito, y Panamá, a la sazón Real Audiencia, compuesta por las provincias de Panamá y Veraguas. Diez años transcurridos a partir de entonces, estuvimos cobijados por la bandera bolivariana, bajo la dirección del libertador Simón Bolívar.
Fracasado el intento del libertador Simón Bolívar (1830), Panamá desacertadamente permanece unida a Nueva Granada y, en 1832, el presidente neogranadino Francisco de Paula Santander declara la anexión del departamento de Panamá. Penosamente, 72 años como neogranadinos y finalmente colombianos, luego que autoridades neogranadinas (1886) usurparan el nombre Colombia, están incluidos en el bicentenario a conmemorar. Aun siendo así, es inteligible, como entonces pudieron recapacitar autoridades del Departamento de Panamá cada 28 de noviembre donde la colombianidad fue un tropiezo. No obstante, permaneció viva en la memoria colectiva, la memorable fecha 28 de noviembre de 1821, única y verdadera fecha de independencia de este país, como está expresado en los testamentos decimonónicos que reposan en los archivos nacionales.
Bien así, a partir de la segunda República, 3 de noviembre de 1903 (1840 la primera), sucesivos gobiernos, acomodándose al tiempo, dieron al 28 de noviembre de 1821 igual importancia a la que en 72 años dieron separatistas Liberales y Conservadores colombianos; ninguna. A todas estas, hoy por hoy, como entonces, destacan personalidades, cuyo idiosincrásico carácter colombiano los llevó incluso a favorecer el tratado Herrán-Hay, donde el Canal a construir a la postre sería colombiano.
Mientras que Segundo de Villarreal, Francisco Gómez Miró, José I de Fábregas, Gaspar y Mariano Arosemena, José Vallarino, José Antonio Cerda y Manuel María Ayala, entre otros próceres y personalidades de nuestra independencia en noviembre de 1821, fueron inhumados y sustituidos por dudosa leyenda, estimulada por el expresidente liberal Enrique Jiménez, quien fuera secretario privado del también expresidente liberal Belisario Porras, fomentando así la conciencia errónea que al respecto produce en la nación.
Así pues, sirva el bicentenario de nuestra independencia para incitar a reescribir e instruir la realidad histórica del día 28 de noviembre de 1821, y exhumar olvidados próceres entonces, así como nuestra historia bolivariana. La historia patria se escribe con verdades históricas. Solapar perfidias y vergüenzas políticas no contribuye a la identificación y consolidación de nuestra criolla nacionalidad, por lo que se impone soterrar el idiosincrásico temperamento colombiano ejecutado durante 72 años como departamento de Panamá, heredado por personalidades del país político y libros de texto. De lo contrario, el país nacional permanecerá latente.
El autor es contador y ensayista
