Crecí oyendo y tarareando los himnos exhortativos y las letras surrealistas del trovador cubano. Un casete de Silvio Rodríguez en el morral de un estudiante rebelde en la década de 1980 era como una reliquia o talismán. Más que oírlo, nos sabíamos todas sus canciones.
Nuestra veneración llegaba tan lejos que se creó el famoso síndrome de la guitarra: todos compramos una guitarra viajera y nos inscribimos en cursillos intensivos para aprender a tocar los cantos sublimes de la gran ilusión revolucionaria. En mi caso, después de tres intensos años sin resultados, y tras entender que era más sordo que una tapia, acabé estrellando a mi pobre guitarra contra una pared.
El síndrome de la guitarra tenía un claro componente unificador de cara a las grandes tareas y misiones de una revolución que siempre se aplazaba en amoríos furtivos, borracheras sin fin y decepciones cotidianas. Gracias a Silvio conseguimos ligar con chicas ingenuas que caían en la trampa de la autenticidad riesgosa... pero muchas veces el uso de Silvio como argumento de conquista resultó fatal.
Yo detesté a Malena Ramírez por un lamentable mal entendido ideológico en el que ella no tuvo una pizca de culpa. Con el propósito de llevar mi conquista a las alturas soberanas de la ilusión revolucionaria y cuando ya la chica estaba cómodamente recostada en mi catre de estudiante en apuros, fui por mi casete de barricada, apreté el play en una vieja grabadora y al momento comenzó a sonar la balsámica y aflautada voz de “toma de mí todo, bébetelo bien...”.
Herida de tímpanos, Malena reaccionó como una tigresa mal humorada y ofendida. Se puso de pie, recogió su hermoso pelo castaño y sin dar un paso atrás me dijo: “¡Dios mío, vos también oís a ese gangoso... Me voy!”… y me abandonó para siempre. No tuve tiempo de reaccionar, así que me lamí las heridas como un buey solo, maldiciendo mentalmente la osadía de aquella linda colegiala que sin medir sus palabras se atrevía a ofender al santo patrón de la música.
Recientemente me encontré a Malena en un supermercado con su esposo y un par de chiquillos. Sin perder el humor se fue directamente a mi oído y me preguntó: “¿Seguís oyendo al gangoso?”. Yo, confrontado con mi propio destino, respondí: “!No!”. Ella entonces se retiró guiñándome el ojo con malicia.
¿Por qué al pasar de los años Silvio cayó en desgracia aun para los que alguna vez lo veneramos, al grado de jamás admitir que su voz era un ruidito penetrante que nos hinchaba el corazón y que muchas de sus letras, envueltas en el cristal enturbiador del surrealismo poético no eran tan brillantes como suponíamos?
Creo que el Silvio genial se rindió ante el Silvio cómodo y terco. Silvio no debió acomodarse a la fama banal de insistir en algo que devino en abuso. Como él, nosotros, sus ciegos fans de aquellos días, creíamos que el cuento de la revolución superaba las maravillas de las mil y una noches. Apostamos el pellejo, el corazón y la fe suprema de la juventud, en un proyecto que por entonces no tenía comparación. La realidad y el tiempo desmontaron la mentira cubana y dejaron al desnudo la cruda mediocridad de su dirigencia. Para nosotros, los amantes de la música, es perdonable que los políticos hagan movimientos oscuros para justificar los abusos y las tiranías. Pero resulta imperdonable que un músico de la talla de Silvio haya elegido un destino tan torcido. Al final se impuso la terquedad autodestructiva que lleva su equivocación a las máximas consecuencias de su necedad.
Cuántos aportes le habría hecho Silvio a este mundo si hubiera crecido con nosotros. Si hubiera aprendido todo lo que sus fanáticos aprendimos de esta vida cuando abandonamos la religión de nuestro egoísmo doctrinario. Hoy parece tarde, ya no tenemos interés en sus viejas canciones y dudo mucho que este hombre, fosilizado bajo el manto de una tiranía malévola, tenga interés en nosotros.