Se concibe la educación como el proceso multidireccional, mediante el que se transmiten conocimientos, valores, costumbres, forma de pensar y actuar.
Es un medio que permite a las personas desarrollar sus potencialidades intelectuales, sus capacidades cognoscitivas, y su personalidad. Sin la educación el hombre no hubiese podido elevar su desarrollo cognoscitivo ni superar la conducta salvaje de los animales.
Parece ser que los responsables de llevar a cabo la actual política educativa en nuestro país han olvidado que uno de los objetivos fundamentales de la educación es elevarla a su nivel más alto de excelencia, que el proceso enseñanza–aprendizaje debe partir del entendimiento de la naturaleza del joven y del conocimiento de sus deberes, intereses y aptitudes; motivar en el alumno el proceso de estructuración del pensamiento positivo, la imaginación creativa y el fortalecimiento de la relación familia, escuela y sociedad.
La suma de todos estos aspectos, en su conjunto, es lo que hace falta poner en práctica, pero como no se ha hecho ha dado motivo a que más de 45 mil estudiantes de secundaria hayan reprobado materias fundamentales como las matemáticas, las ciencias y el español. Es un hecho significativo al que no se le ha dado importancia, pero que a toda luces constituye el reflejo de una crisis en el sistema educativo.
La tan cacareada transformación educativa ha dejado de ser una realidad en el momento en que no se está transformando al joven para que deje de ser un siervo más del sistema cultural de dominación, para que no se convierta en un servil autómata, en una pieza más del engranaje de esas maquinarias que hacen dinero para el poder económico, para las transnacionales de la explotación, la miseria y la pobreza. ¿A eso es lo que denominan transformación de la educación?
Uno de los pensadores más ilustres del siglo XVIII, lo fue Juan Jacobo Rousseau, educador por excelencia. En su concepción sobre el problema de la educación decía: “que la educación no es causa sino efecto de la naturaleza, de los hombres y de las cosas, es el desarrollo interno de nuestras facultades; ésta debe ser el camino idóneo para formar ciudadanos libres de todo prejuicio, consciente de sus derechos de sus deberes y de su destinos”.
Su idea central es la respuesta a la necesidad de formar un nuevo hombre, una nueva sociedad, a cambiar el sistema anacrónico y las arcaicas estructuras carcomidas por el tiempo que no transforman al joven sino que lo convierten en un enajenado de la servidumbre, en un peso muerto en el lomo de la sociedad, en un ser domesticado, sin opciones ni acciones altruistas, sin motivo que cuestionar, sin conciencia nacionalista.
La función de las escuelas no solamente debe ser educar, sino instruir; no sólo debe formar, sino informar.
No podemos transformar la sociedad, sino hacemos transformaciones profundas en el sistema educativo, en el proceso enseñanza aprendizaje. Transformaciones como tratar al alumno como un ser activo (no receptivo), como un individuo al que hay que motivarlo a la investigación y no darle el conocimiento ya masticado.