Aunque según el Diccionario de la Lengua Española, “Macondo” es un árbol corpulento de la familia de las bombacáceas, semejante a la ceiba”, la palabra va mucho más allá. El término Macondo se ha convertido en América Latina en algo mucho más abarcador, por ser el pueblo en el que se desarrolla la magistral Cien años de soledad. Supuestamente ese nombre, García Márquez se lo puso a la localidad donde se desarrolla la historia de la familia Buendía, basado en como se llamaba una plantación de banano, cercana a Aracataca, donde había nacido el Nobel colombiano y donde se supone se desarrolla la novela en realidad. Ya había ubicado en Macondo una historia previa llamada La hojarasca, pero fue la saga de los Buendía la que hizo famoso el nombre. Así, en el imaginario latinoamericano, “macondiano” se ha convertido en una forma coloquial de referirse a todo aquello que nos parece paradójico, surreal o irónico en el entorno en que vivimos.
Yo mismo he combinado el nombre de Panamá con el de Macondo en por lo menos dos ocasiones previas en esta misma columna, en 2009 y 2016, para referirme a las cosas surrealistas que pasan en nuestro pequeño pedazo de tierra con forma de “ese” (sin hache y con ese) acostada. Lo malo es que cada vez pasan cosas más inauditas, ante nuestra impávida y cada vez menos paciente mirada.
Solo en Panamacondo, donde existe un mecanismo formal para “mejorar” la democracia electoral después de cada elección, se da un año de trabajo para presentar propuestas consensuadas entre los partidos políticos, el Tribunal Electoral y la sociedad civil y, al presentarlas a la Asamblea, los diputados desbaratan todo lo propuesto. Su único objetivo: destruir la democracia para beneficiarse ellos. Y lo hacen, a pesar de que muchas personas decentes del país se manifiestan contra sus pretensiones. Pero como se sienten por encima del bien y del mal, dejan todo como les da la gana.
Solo en Panamacondo, ante la protesta de la gente por la burla de los diputados, vuelven a llamar a una mesa técnica donde participan solo los partidos y el Tribunal Electoral, buscando bajar la intensidad de las protestas de quienes nos sentimos secuestrados por una banda de maleantes de saco y corbata.
Solo en Panamacondo, después que se imponen las reformas impuestas por los diputados, dejando intactos los elementos básicos de la trampa electoral que se repite cada cinco años, los magistrados del Tribunal Electoral se toman una foto con quienes aprobaron las reformas y pocos días después sacan un comunicado donde dicen que no están de acuerdo con lo aprobado. De veras que la dichosa foto y el comunicado posterior no tienen una justificación racional, salvo que después de tomar la foto se dieron cuenta de cómo su imagen, en un momento respetada, se ha ido deteriorando hasta llegar casi al nivel de la Asamblea.
Solo en Panamacondo, el día que la gente va a manifestarse contra las reformas, el presidente “veta parcialmente” lo aprobado en la Asamblea, pero no dice que parte fue la que vetó. Un día después, nos enteramos que lo vetado es algo muy irrelevante y que se dejó intacto lo que genera más malestar.
Solo en Panamacondo, mientras todavía sufrimos las restricciones impuestas por una pandemia mundial, el Gorgas, Senacyt y el Hospital del Niño mendigan presupuesto, pero de un solo plumazo la Asamblea se aumentó $22 millones, que seguro utilizarán para pagar planillas chimbas, nombrar queridas o pagar clientelismo para perpetuarse en el poder. A ver si en la próxima pandemia, ponen a los diputados a atender a los pacientes.
Solo en Panamacondo, una diputada que se jacta de ser la gran defensora de la familia “natural”, propone un anteproyecto de ley que modifica el Código Penal para “buscar una alternativa para el pago de las pensiones alimenticias y que el infractor no sea procesado cuando sea la primera vez” que deja a los hijos sin la pensión. Sí, leyeron bien que esto lo propuso la misma diputada que presume de defender los valores familiares.
Solo en Panamacondo, después de año y medio de pandemia, se autoriza la asistencia a discotecas, restaurantes, salas de fiesta y eventos deportivos, mientras que las escuelas siguen cerradas en un alto porcentaje, con todo tipo de excusas por parte de las autoridades y los maestros. Mientras, en muchas de esas escuelas que llevan casi dos años cerradas, se pide autorización para hacer fiestas y reuniones de graduación.
Solo en Panamacondo, la Autoridad de Innovación Gubernamental acepta las vacunaciones realizadas en el extranjero para obtener un certificado digital que permite entrar a ver un partido en el Rommel Fernández, pero no dará la certificación para viajar, porque “no pueden responder por vacunas administradas en otros países”.
Y para terminar, la Asamblea de diputados aprobó en tercer debate la ley que exonera del pago de impuesto de importación a las canoas polinesias. Sí, no es broma: canoas polinesias. De veras que no puedo esperar a leer la justificación de motivos de semejante ley. A menos que quieran introducirle algunas innovaciones a la carrera de cayucos a través del Canal.
En fin, cada día, seguimos viendo cosas que pasan “solo en Panamacondo”…
El autor es cardiólogo

