Ver la noticia de las atrocidades que se reportan ocurrieron en albergues del país, ha tocado hasta las raíces mi conciencia ética de mujer y de educadora. No me puedo imaginar a otro ser humano abusando, maltratando o ignorando a seres indefensos que se encuentran en un estado de vulnerabilidad ya marcado por sus circunstancias y su desarrollo. Me entristece aún más, siendo la madre de un adulto con Síndrome de Down, con el cual hemos convivido por 34 años. Es por eso que me atrevo a decir que la culpa la tenemos todos.
En una sociedad que admira la apariencia física, el clasicismo, el juega vivo, que constantemente comparte chistes y memes llenos de prejuicios y faltos de tolerancia, en donde en las noticias y comunicación mediática vemos la falta de respeto y el acoso como algo normal, no me sorprende esta noticia. Esto es noticia vieja. Jamás ha debido llegar tan lejos. ¿Donde estábamos cuando estos chicos fueron llevados a centros de salud, a escuelas? ¿Dónde estábamos cuando la policía llegó a estos hogares llenos de maltrato y de maldad? Ya cuando llegaron a los albergues, era muy tarde. Ya habrían pasado insufribles pesadillas y abandono. Les fallamos no una vez, sino cientos de veces.
En este país es casi imposible encontrar los servicios necesarios para cuando hay sospecha de abuso, especialmente a niños. A menos que sea muy obvio, la mayoría mira para otro lado, ya que lo consideran parte de la privacidad familiar. No ayuda que el sistema de reporte de abuso está totalmente desfasado y totalmente ineficiente.
Mientras continuemos ignorando, tapando o culpando a otros de lo que sucede con estos jóvenes y niños, nunca saldremos de esta situación. Debemos educarnos, crear conciencia, fomentar actividades en nuestras escuelas, iglesias, comunidades, donde seamos todos responsables del bienestar de nuestros hijos, tanto los propios como los ajenos, y así crear una mejor sociedad, donde busquemos soluciones para que esto nunca vuelva a pasar.
La autora es educadora