Cuando al comienzo de esta semana se anunció que una unidad especial estadounidense había matado al líder terrorista Osama bin Laden, en Pakistán, en El Cairo circulaban tres teorías conspirativas.
Una simplemente decía que los estadounidenses habían hecho una puesta en escena y que Bin Laden aún estaba vivo. La segunda agregaba que el líder había sellado un pacto con sus antiguos aliados estadounidenses y que la puesta en escena fue para que la alianza no saltara a la luz. Y la tercera sostenía que Bin Laden estaba muerto ya desde hacía tiempo y que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, había decidido escenificar ahora una operación por buenas razones: “Los estadounidenses lo dicen porque quieren intimidar a (el líder libio) Muamar al Gaddafi para que se entregue”, decía por ejemplo un joven desempleado de 24 años en El Cairo.
Pero el viernes fue la propia red Al Qaeda la que anunció oficialmente que su líder había muerto. El hecho de que el comunicado se haya producido algunos días después del anuncio estadounidense tiene que ver con que los líderes de la red viven en la clandestinidad, lo que dificulta la comunicación interna.
“Los soldados del islam permanecerán juntos y unidos”, decía el comunicado, si bien su autenticidad aún debe ser comprobada. Analistas especializados en terrorismo señalan que Al Qaeda en los últimos años ha estado bajo tanta presión que la cúpula, integrada principalmente por Bin Laden y su mano derecha y posible sucesor, Aiman al Zawahiri, ya no tenía la misma iniciativa que antes.
En cambio, lo que sí ha florecido son las redes simpatizantes como Al Shabab, en Somalia, la red de Al Qaeda en Yemen o agrupaciones afines en África. Sin embargo, en las principales regiones del mundo árabe Bin Laden ya hacía tiempo que se había convertido en una sombra. Su único brillo se alimentaba del odio que sentía la gente de la región por el orden mundial injusto, del que responsabiliza a la política exterior de Estados Unidos e Israel. Y ese brillo también se apagó cuando las generaciones de jóvenes egipcios y tunecinos se alzaron en contra de sus déspotas pro estadounidenses y no lo hicieron guiados por el odio, sino por vías pacíficas y democráticas.
En una región en la que recién ahora puede comenzar a tomar vida una opinión pública democrática, las teorías conspirativas florecen por doquier. Su principal característica: no inmutarse ante los hechos ni las argumentaciones racionales.
Al parecer, tampoco el comunicado de Al Qaeda que confirma la muerte persuadirá a los seguidores de estas teorías.