La paciencia no es infinita. Hasta Job, si leen el libro que nos relata su desgracia y vuelta a la bendición del Altísimo, también se cansó de su situación agravada por el peso de la mano de la Providencia. Es cuestión de tiempo que el paciente ciudadano, aplastado por las circunstancias, estalle, y las consecuencias sean, como casi siempre, funestas.
Ante tanta corrupción institucionalizada y sostenida con los presupuestos gubernamentales (miren las cifras que se barajan para el próximo ejercicio), la toma paulatina de las calles por sicarios y demás criminales, la desfachatez con la que se viene gritando en la Asamblea (ellos y ellas), esa violencia verbal y rambulera que se utiliza cada vez sin mayor vergüenza, van a terminar por hacer que la ciudadanía explote.
Temo que este panorama que dibujo no se vaya a dar nunca porque los corruptos son más, están mejor situados en la sociedad y han conseguido, junto con los entusiastas de la ignorancia, domesticar al ciudadano. Han logrado que la cosa se alborote cada cinco años a la hora de votar y que, durante el mandato presidencial, la gente se resigne. Esa son las reglas y las coordenadas del juego.
Pero la paciencia no es infinita. Y no, no es bullying contra el gobierno, como dice uno de sus más novedosos ministros, es hartazgo de lo mismo, es cansancio de la caradura, es estar hasta la coronilla de que se burlen de nosotros mientras se escudan con la pandemia para seguir en su ineptitud gubernamental.
El tiempo corre, tic, tac, tic, tac, y las cosas se van a poner muy serias. Ojalá alguien despierte dentro del gobierno, mejor si es el presidente, y dé un golpe en la mesa para detener este circo que es una pesadilla. Ojalá alguien detenga este desgaste que amenaza con encender un fuego que va a ser muy difícil de apagar. Perdida la paciencia, vendrá el estallido que pagarán los de siempre.
El autor es escritor
