Mucho se ha discutido sobre la utilidad de escribir. Disuade la eterna idea de que al otro lado del texto no haya interlocutor, y su búsqueda, como plantea Carmen Martín Gaite, se convierte sin quererlo y queriendo, en un estímulo para ser un “coleccionista de asombros”, como titula Rafael Narbona uno de sus libros más recientes.
Me gusta la idea de ser “cronista de asombros”, parafraseando el título de Rafael. Panamá es tan verdad que parece mentira, y cada día es un asombro nuevo, una rareza reciente, una ponchera de paquete, nuevecita. Y ante ese asombro, no queda otra alternativa que hacer todo por escribir, por fijarlo para que no se olvide.
Vivimos días en los que más que nunca necesitamos hacer pedagogía. Está tan viciada la conciencia, tan cauterizada, que hemos aprendido a desaprender: estamos en una huida hacia adelante con todos los hierros y sin miseria, para ser totalmente lo opuesto a lo que necesitamos para salir de esta profunda crisis.
Los políticos invocan millones, compran carros y se suben el sueldo, cobran viáticos carísimos haciendo viajes a lugares absurdos de los que no traen más que gasto y la risita de “me gasté un platal”. Y la sociedad, gritando por las redes, cuando lo que hicieron nuestros mayores, fue sembrar banderas y mantenerse firme en los valores de siempre.
Confío en que hay interlocutores, en que hay lectores de estos asombros de apenas trescientas veinticinco palabras que van conformando, semana a semana, un pequeño muestrario de la deriva hacia la que nos vamos llevando nosotros mismos. Que nadie se olvide: aquí el responsable de los “residuos” y demás plagas es el votante.
Todo por escribir, por seguir escribiendo, aunque los entusiastas de la ignorancia quieran que dejemos de hacerlo, argumentando que no hay quien lea. Nunca les creo, y confío en que pronto podré escribir cómo las cosas cambiaron en nuestro país porque conseguimos despertar de nuestro letargo a base de lectura.
El autor es escritor

