Si hay algo que estoy seguro nos dejará de enseñanza la pandemia de Covid-19, es que es muchísimo más fácil lidiar con los virus que con los seres humanos. A fin de cuentas, el virus tiene su patrón de cómo infecta las células, para producir una enfermedad. Al mismo tiempo, su única función es tratar de mantenerse vigentes (ni siquiera puede hablarse de “vivos”), y para eso están cambiando constantemente, tratando de evitar que lo que hace el organismo para defenderse (bien sea de forma natural o inducido por tratamientos), logre su objetivo de eliminarlos. En ocasiones, esto les sale mal, y la consecuencia es que desaparecen de forma espontánea, como ocurrió con el coronavirus del SARS a principios de este siglo. En otras, logran aparecer variantes y mutaciones que los hacen más infecciosos o más letales.
Esos pedacitos de ácidos nucleicos rodeados de proteínas, no entienden de política, derechos, deberes, fronteras, leyes, conspiraciones o manías. Ignoran todo y solo se dedican a penetrar en las células, para producir los cambios codificados en su estructura.
Pero lo seres humanos somos otra cosa. Con esto de que somos (o nos creemos) seres superiores porque tenemos “inteligencia”, exhibimos una capacidad casi infinita para enredarlo todo. Así, desde que apareció la pandemia, han quedado claramente definidos tres grupos de personas. Por un lado, los que se han dado a la tarea de estudiar lo que pasa, buscar soluciones y validarlo. Entre estos están los científicos que han dejado el pellejo tratando de encontrar tratamientos y vacunas para controlar los casos y el impacto de la pandemia. Otro grupo son los que se han dado a la tarea de inventar todo tipo de idioteces, obstaculizando cualquier intento de buscar soluciones. Allí están los conspiracionistas de los chips, del “nuevo orden mundial” que quiere reducir la población del mundo, los defensores de la oligofrénica teoría de que todo es mentira y que los muertos no existen, que las medidas de mitigación son un intento para quitarnos libertades individuales, que las vacunas no son vacunas, que las mascarillas no protegen nada, que el tratamiento tiene que basarse en medicamentos que no han demostrado evidencia clínica de beneficio, que hay que tomar detergente para evitar morirse de Covid-19, y que la ciencia “no sirve” porque ha variado sus recomendaciones durante el año y medio que llevamos conviviendo con el SARS-CoV-2. Pero lo peor de todo es cuando estas atorrancias provienen de personas que uno consideró inteligentes (o por lo menos normales) por muchos años. Escuchar a médicos que estudiaron en la misma universidad que uno, diciendo cosas irracionales, no deja de producir una mezcla entre sorpresa, lástima e indignación.
El tercer grupo son los que escuchan y repiten como papagayos todo lo que reciben, convirtiéndose en cajas de resonancia, en ocasiones de lo bueno y en ocasiones de lo malo, argumentando que “todos tienen derecho a una opinión”. (Les faltó agregar “por estúpida que sea”).
Pero estamos llegando al momento donde, al margen de las locuras, tenemos que comenzar a hacer cosas de verdad para afrontar esta pandemia que, exista o no, ha matado a casi cuatro millones de personas e infectado casi a 173 millones. Y lo único que se ve en el horizonte para volver a un mundo parecido a las condiciones pre-pandémicas, es la vacunación.
Y con la vacunación tenemos que entender que, cuando lidiamos con un virus respiratorio, la intervención tiene que ser global y dejar de pensar en nuestros micromundos (llámense casa, corregimiento, distrito, provincia, estado, país o continente). Si no enfrentamos esto con una perspectiva global, más vale que entendamos que lo de las mascarillas será nuestro “nuevo normal”.
Ya a principios de la pandemia escuché una conferencia de Yuval Noah Harari (una de las mentes más brillantes de este siglo), quien explicaba que la única manera de enfrentar estos retos globales, es con la cooperación global.
A los políticos les encanta enfocarse en discursos que les generen votos. O como el irresponsable de Bolsonaro, que ha decidido recibir la Copa América en medio del peor momento de la pandemia. Y para eso, nada mejor que lucir lo mas egoísta posible, “defender” a sus votantes y que al resto del mundo “que se lo lleve Candanga”. Y eso vemos con las vacunas. Según la revista Science, el 85% de las vacunas administradas en el mundo han sido en los países de alto o mediano ingreso, mientras que los de bajo ingreso solo han recibido 0.3% de las dosis.
Puede que desde una visión utilitaria, suene lógico que quienes puedan pagar, reciban más beneficios. Pero, como dijimos al principio, el virus no entiende de esas cosas. Si en África no se vacuna la gente, lo que ocurrirá es que proliferarán los casos, aparecerá una variante que pudiese ser mucho más contagiosa y mortal, y que posiblemente no sea prevenida por las vacunas existentes. Bajo esas condiciones, no demoraríamos en que esa fuera la cepa predominante en el mundo, para volver al principio de este enredo.
Es por esto que, la única forma que saldremos adelante, es si todos dejan de mirarse su propio ombligo y comienzan a pensar en los demás. Estados Unidos enviará vacunas a países de bajos ingresos y la “malvada” OMS tratará de implementar la vacunación masiva, a través del mecanismo Covax. Sin embargo, es mucho lo que queda aún por hacer. Así que entendamos que, en este momento, o pensamos en salvarnos todos o seremos testigos de cómo no se salva nadie. Así de simple…
El autor es cardiólogo

