Repetíamos, cuán letanía, los nombres de los distritos que hacían falta por recibir las actas del circuito 12-1, hace escasos 8 meses.
La cercanía contrastaba con la lejanía en servicios públicos y comunicaciones . Son justo estos distritos los que no podían ser contactados ni por el Tribunal Electoral ni por la Fuerza Pública. Ni siquiera el TER había podido considerar las actas de estos distritos en los resultados extraoficiales.
Perdidos en la cordillera, incomunicados, incomodaron a muchos por retrasar la proclamación presidencial .
La ley es clara: Panamá es una democracia directa. “ Un ciudadano, un voto”. Aunque no hubiese una afectación en los resultados, era una cuestión de esencia democrática. El voto del ciudadano de Santa Catalina vale tanto como el del ciudadano del circuito 8-8.
En el acto de proclamación, dije que “Santa Catalina/Calovébora y Tolote serán recordados”, en el convencimiento que urge atender estas poblaciones, cuyos nombres se hicieron célebres por atrasar la proclamación presidencial hasta el día viernes 11 de mayo.
Sus nombres vuelven a retumbar por la génesis de las poderosas razones que justificaron la demora en mayo. Inaccesibles, con escasa presencia de autoridades civiles y del orden público, sin comunicación terrestre y aérea, es la canoa la forma de llegar y salir . Es la hermana pobrísima y olvidada de la ciudad que se yergue, hermosa y presumida, que confiesa 500 años .
Hoy, sabemos muy bien dónde están Santa Catalina/Calovébora. Sabemos de los horrores de los rituales de El Terrón en Santa Catalina, de los abusos sexuales y de los casos de incesto, de conocimiento general. ¿Podemos señalar responsables más allá de quienes fueron autores materiales de los hechos? Mirémonos al espejo. La respuesta es sí.
¿Ha sido un reclamo social, como política pública, el acceso a las regiones más alejadas del país a fin de asegurar orden, ley, equiparación de oportunidades, servicios básicos de salud, protección a los menores y educación? ¿Hemos insistido que ser panameño implica derechos y deberes y que, como Estado, debemos mirar más allá de la carretera Interamericana, que hay que adentrarnos en nuestra realidad y hacer de Panamá una tierra bendecida para todos?
Sabemos ya las respuestas. Somos coyunturales: el tranque, el último alarido en la Asamblea, los trabajos de mantenimiento, la represión a las manifestaciones, el revuelo del escándalo del día y los nombramientos nos mantienen ocupados... Ni qué decir de la adicción a las redes sociales, a las “fake news” y a esa terrible costumbre de vilipendiar y descalificar de los inadaptados sociales y de los “call centers.” Mientras tanto, nos muele a golpes la realidad.
Un padre viola a sus hijas en Calovébora; un abuelo es responsable de un rito que resulta en la muerte de quienes llevan su propia sangre. Son panameños, como nosotros, que tienen escritas, en letras de sangre, su sufrimiento desde que fueron concebidos. No hay sueños en Tolote, Calovébora/Santa Catalina. El derecho a soñar está prohibido.
Mientras tanto, en Ciudad Gótica... hay un estado de drogadicción colectiva volitivo que nos impide ver más allá de nuestras narices. Somos obtusos por decisión y miopes por conveniencia . Creemos ser buenos ciudadanos porque cumplimos la ley. No es suficiente. Mientras no nos cercioremos que cada panameño tenga oportunidades de independencia, movilidad económica y social, reconocimiento y acompañamiento a sus necesidades individuales, continuaremos siendo el pobre país rico que se jacta de tener las infraestructuras más imponentes de la región en lo tangible, sin comprender que somos nosotros, las personas, quienes damos a valer un país: sin solidaridad, empatía y oportunidades, subsiste el gold roll y el silver roll, ya no en manos extranjeras, si no como resultado de una segregación de facto de nuestra propia creación.
Quién ose criticar lo ocurrido, que se pregunte primero: “¿he pensado alguna vez cómo viven personas tan panameñas como yo, en estos sitios olvidados? ¿Qué he hecho para cambiar esta realidad? Se cae a pedazos la imagen del Panamá de alto ingreso y solo queda un cascarón que es una vergüenza compartida. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra ...”
La autora es educadora y expresidenta de la Junta Nacional del Escrutinio de las elecciones de 2019