Una metáfora para la naturaleza insidiosa de los dilemas sociales es lo que el ecologista Garrett Hardin, en 1968, llamó la tragedia de los comunes. Derivó este nombre de los pastizales ubicados en el centro de viejos pueblos ingleses, los comunes se refieren al aire, agua o cualquier recurso compartido y limitado. Si todos lo usan con moderación, pueden reponerse tan rápido como se colecte. La tragedia ocurre cuando los individuos consumen más de lo que comparten, y el costo de su obra se extiende a todos, lo que provoca el colapso final (la tragedia) de los comunes.
Otra interpretación de este dilema es que los comunes representan a las personas que en un espacio determinado tienen que compartir recursos limitados.
La población mundial tiene un crecimiento acelerado como nunca antes se había experimentado, se calcula que para 2025 la población llegará a 8 mil 200 millones de personas. Esto se debe a una disminución de las tasas de mortalidad en una era, ciertamente, con pocos conflictos bélicos, y a las expectativas de vida que tienen las personas por el desarrollo de las ciencias médicas y afines. Ahora la media de esperanza de vida en el mundo se sitúa en 68 años que, en comparación con los 35 años de principio de siglo XX, representa un avance importante en materia de longevidad.
Esto se puede considerar muy positivo hasta cierto punto, pero ¿qué representa para el planeta? Obviamente, el crecimiento de la población lleva aunado una mayor necesidad de recursos naturales para la subsistencia como agua, oxígeno etc., así como una mayor contaminación del ambiente a través de los desechos tóxicos que produce la humanidad en sus distintas modalidades (físicos, líquidos, gases), a consecuencia del consumo masivo. En una economía orientada al consumo y a un concepto de progreso lineal ascendente –filosofía capitalista posmoderna– es difícil prever lo que ese crecimiento representa en el desequilibrio ecosistémico, sobre todo cuando se vive a la ligera sin una planificación consciente de las consecuencias de este desequilibrio, que a la postre son las que estamos experimentando con el cambio climático.
La tragedia de los comunes se refleja en Panamá en el desorden urbanístico en que prevalece el individualismo. Así vemos la construcción de infraestructuras modernas en detrimento de las áreas verdes. Este desorden impacta los bosques debido a la tala de árboles, y el uso de los ríos y quebradas como vertederos de basura, entre otros problemas.
De la ficción a la realidad, traigo el dilema presentado en la película Avatar, escrita y producida por James Cameron, porque en ella se refleja el dualismo de los intereses capitalistas basados en la necesidad de expansión y explotación de los recursos naturales, representados por la tecnología y el poder militar versus una filosofía de ciertos organismos de convivir con la naturaleza de forma armónica, es decir, una especie (los na'vi) que vive en franca articulación con su medio ambiente. Nuestro mundo actual nos hace reflexionar sobre la necesidad de seguir esa filosofía de vida, pues en realidad somos organismos biológicos, partes integradas de un ecosistema.
Necesitamos construir un mundo más armonioso con esa naturaleza que, tarde o temprano, se las cobra, y de hecho ya existen muchas iniciativas que plantean esto a través de una economía circular, basada en el reciclamiento, la bioética, los autos y casas ecológicas, etc.
No podemos dejar a un lado el problema de las migraciones que podrían ser –más allá de las situaciones de conflicto político-religioso de cada país– consecuencia de sobrepoblaciones que buscan en otros sitios nuevas oportunidades y recursos para subsistir, porque no lo encuentran en el propio territorio. En ese sentido tenemos que ser muy sutiles, pues se trata también de una urgencia de los tiempos, y considerar que la presencia migratoria no se vuelva un problema para los nacidos en este territorio, pues al final la prioridad debe ser para los panameños.
Frente a todas estas problemáticas que nos hacen visualizar un futuro incierto, los gobiernos locales deberían apostar por una mayor educación ecológica y un mayor control de la natalidad (sobre todo en las áreas suburbanas más pobres), a través de programas específicos dictados en las escuelas y en los centros de salud, como un remedio que permitiría controlar el crecimiento de la población y cuidar el medio ambiente.

