La Asamblea Nacional, institución que representa la voz del pueblo, se ha convertido definitivamente, en medio de esta pandemia, en el espectáculo más grotesco de este país. Una mezcla bien agitada de chabacanería, ignorancia y profundo desprecio por las instituciones. Los políticos que la conforman, la gran mayoría, son ejemplo de lo peor de cada casa, y hace muchos presidentes atrás no representan el talante de los panameños.
Desde una tribuna como la Asamblea no se denigra, no se insulta ni se cuestiona la orientación sexual de nadie, sea periodista, opinante o lo que sea: es de un pésimo gusto, y retrata nítidamente el carácter muy débil de criterio y sobrado de soberbia de quien elige ese camino para interpelar a contrario. Es terrible que se use el tiempo y los recursos del Estado (que sostenemos y formamos todos) para defender posturas personales o partidistas.
Hay que volver a decir que la falta de respeto a las instituciones es el caldo de cultivo de las dictaduras y los populismos autoritarios. Detrás del manoteo y el hablar rudo que quieren hacer pasar como el habla y carácter del pueblo, sólo se esconde una personalidad que aspira a gobernar con mano de hierro y desde su sola mirada. Son personas que respetan la libertad de expresión si sólo expresa su opinión.
Si seguimos comiendo el cuento de que ese grupo de personas mal llamado “honorables” representan ni siquiera por asomo la voz del pueblo panameño, seremos los más pendejos del mundo y encima les pagamos. Basta ya de hundir en los lodos de la rambulería más barriobajera nuestras instituciones.
Como no despertemos del cuento, viviremos instalados en una pesadilla de la que no nos podrá despertar nadie y terminaremos lamentando nuestra ingenuidad y falta de criterio. Los rambuleros sólo se representan a sí mismos y no quieren abandonar el espectáculo grotesco porque les paga un buen billete cada quincena a cuenta de cada uno de nosotros.
El autor es escritor