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Libertad de expresión

Un nefasto legado

Mr Jones, una película de iTunes sobre la hambruna que sufrió la Unión Soviética durante la época de Stalin, me llevó a reflexionar sobre el daño que puede hacer un solo ser humano con la complicidad de los que hacen cualquier cosa por estar cerca del poder. Mientras morían de hambre millones de personas en Ucrania, Stalin se dedicaba a perseguir y eliminar a todo aquél que cuestionara su fallido Plan Quinquenal.

Me puse a pensar entonces en el legado que este tipo de gente deja para su pueblo y, peor aún, para su familia. Como bien lo narra La hija de Stalin: La extraordinaria y tumultuosa vida de Svetlana Alliluyeva, ni ella ni nadie podrán recordar con cariño a ese sangriento dictador, que logró someter a casi 200 millones de personas a punta de purgas y venganzas o, sencillamente, un régimen de terror.

Lo primero que se sacrifica para construir una dictadura es la libertad de expresión. Los autócratas no toleran el pensamiento crítico ni el escrutinio de una prensa libre. Gracias a la obsesión de este periodista con el tema de Ucrania – por haber sido el lugar donde había crecido su madre – la verdad se hizo pública, aunque él lo pagara con un tiempo en la cárcel. Siempre hay gente así de valiente, aún en países como éste.

Llega un momento en la vida que nos empezamos a cuestionar cuál ha sido nuestro legado. Es irónico que sea entonces, justamente cuando ya queda poco tiempo para cambiarla, que empezamos a darle importancia a la huella que dejamos. Ni para el propio Stalin el legado de imponentes edificios como las Siete Hermanas era suficiente; él también quería que su hija lo llorara en el entierro.

Es inexplicable entonces que personas de inteligencia superior y con excelente preparación académica no usen su poder político para dejar como legado un mejor país, sino que lo usen para cercenar un derecho fundamental, como es el de la libertad de expresión; peor aún, si al hacerlo ponen en peligro una democracia en desarrollo y, especialmente, si lo hacen en medio de una pandemia, un momento del que difícilmente podremos salir a flote social, económica y políticamente.

Que la honra no tiene precio es algo que quizás no se enseña en las grandes escuelas de negocios. En el caso de la moral y la ética, la matemática funciona a la inversa. La honra no se compra, se gana. Mientras más alto el precio que se le ponga y más nefastas las consecuencias de las acciones que una persona tenga que tomar para salvaguardarla especialmente si perjudica a los demás mayor es el daño a la misma moral que se pretende defender.

Los jueces tienen que entenderlo de la misma manera. Las sumas astronómicas que se manejan hoy en los tribunales por daños a la moral deben ponerlos en alerta. El impacto negativo que sus decisiones puedan tener para la sociedad en general debe ser, igualmente, parte integral de cualquier análisis legal. Ellos también tienen que preocuparse por su legado. Svetlana Alliluyeva se pasó la vida entera huyendo de su apellido, obligada a vivir con la carga moral de ser hija de su padre.

La autora es miembro de MOVIN


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