“Lo poético en lo infantil necesita para refrescarse y renovarse de búsquedas estéticas que vayan más allá de los límites de lo conocido”, dice en una entrevista Cecilia Bajour, magister en libros y literatura para niños y jóvenes. Dominar los recursos expresivos de la literatura infantil, la comunicación estética con los niños a través de un sistema expositivo que diseñe y revele mundos significativos; trabajar desde la literatura un lenguaje que reconozca el universo infantil y, sobre todo, que se aleje de esa actitud de moralizar que son trampas para enseñar valores que, al final, rallan con una religiosidad casi dogmatizadora, es lo más difícil para alguien que quiere escribir para niños.
Reconocer los imaginarios de infancia y los territorios de la poesía infantil no es tarea del que escribe para niños. Es una región de amplios significados en la que los niños hacen descubrimientos y descifran el mundo, descubren sus paisajes y sus posibilidades. Un panorama donde se producen diálogos que despiertan el pensamiento creativo y la imaginación. El que escribe poesía para niños debe convertir la realidad en un hecho estético de singular ternura; sin embargo, para el niño, el hecho estético está tácito en su vida, porque para él la experiencia estética es algo natural en su mundo de niño.
El poeta que escribe para niños se esfuerza, desde su mirada de adulto, por jugar con las palabras y hace una lectura del mundo para la mirada del niño. Sin embargo, los niños ya conviven con el juego y por eso, cuando leen un poema donde las palabras saltan y vuelan como peces y mariposas, se regocijan de alegría porque se identifican con una realidad que reconocen. Si le pides a un niño que dibuje una flor, la dibujará con múltiples posibilidades, porque para la imaginación infantil una flor puede ser un pájaro o una mariposa que vuela, un nido de palabras para jugar donde se acurrucan la imaginación y las ideas, y también las historias.
Un ejemplo de poesía infantil donde el poeta sabe usar las palabras para jugar y recitar, para cantar y pensar, para buscar posibilidades sonoras en ese nido de palabras, son los poemas de Héctor Collado de su libro Caminos de tinta. Este poemario es un circo donde salen al escenario niños, astronautas, astros, libros, poemas, fantasmas… Es un verdadero desfile de ingredientes de diversión y color. En uno de los poemas titulado Diccionario, el poeta le presenta a los niños la palabra y sus posibilidades: “La palabra brisa / pasa muy de prisa. / La palabra agua / habla de paraguas. (…) La palabra mesa / es una promesa”.
En la poesía infantil, es vital usar las palabras para abrir caminos hacia la experiencia estética, el juego, la imaginación y la creatividad. La experiencia estética permite que los niños tengan descubrimientos y conocimientos de lo poético; el juego permite columpiarse con las palabras para gozar y divertirse con su sonoridad y valorar su poder; la imaginación y la creatividad le descifran el mundo al niño para poder entenderlo y reconstruirlo. La poesía es vital para los niños porque los humaniza desde pequeños; es agua limpia que nutre sus pensamientos.
Cuando Carlos Francisco Changmarín le da vida a una muñeca de tusa en estos versos: “Yo recogí una tusa / que vestí de muñeca. / Le arreglé un corpiñito / y una falda de seda”, el hablante es una niña que construye con su creatividad la muñeca y, en su imaginario infantil, el juego hace que la muñeca tenga vida: “Después de tanto lío / de tanta morisqueta, / me ha salido malcriada / la muy pizpireta”. El juego infantil es una prosopopeya en la vida. Así como los niños le dan vida a los objetos en el ritual del juego, la poesía infantil juega con las palabras y personifica toda clase de palabras.
Quiero citar otra poeta que también tiene sus propios nidos y sabe jugar con las palabras para ponerlas en el poema infantil. Ella es Lil María Herrera. En Machin Candao, un libro que desde el título evoca el juego, hay un desfile de juguetes y juegos que van tomando vida con personificaciones que humanizan y despiertan la imaginación y la creatividad. Una pasarela de trompos, caballitos de madera, rayuelas, juegos de antaño, paisajes frescos; el juego como propuesta cultural para rescatar la creatividad y la memoria; todo un universo lúdico desde el poder de la poesía para niños.
Lil María nos lleva de la mano por los imaginarios de la infancia; nos devuelve la magia del juego, la cometa, el yo-yo, la bicicleta, una pelota o una muñeca de trapo; una caja de versos y juguetes que regala a chicos y grandes: “La señorita cometa se viste para una fiesta / con sus ropas de alegría / y su larga cola de aguacero”.
Acaso la poesía infantil viene a llamarnos a los adultos para que retomemos el diálogo y la esperanza de que es posible un mundo donde la ilusión supere nuestra codicia.
El autor es escritor
