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Ciencia

Un poco de respeto...

Con todo esto de la pandemia, lo que no acabo de asimilar es que haya una campaña casi obsesiva alrededor del mundo, para desacreditar a la ciencia. Pero no es solo a algún aspecto científico, sino a todo lo que pueda sonar parecido a análisis racionales y basados en datos. Simplemente, hay que desecharlo, como si el pensamiento crítico fuera un signo de debilidad del ser humano. La sociedad le da el mismo valor a la opinión de cualquier neófito o de un conspiracionista irracional, que a una explicación detallada por parte de un investigador que lleva años recolectando, analizando y publicando datos con todo el rigor del método científico. Finalmente, combinando Google con Twitter, tenemos la mezcla perfecta para que cualquiera se crea experto.

La ciencia ha sido la clave del progreso de la humanidad. Y al hablar de ciencia, no me refiero solo a la matemática, la biología, la química o la física. Me refiero también a las sociales, que nos han permitido entender las sociedades, los seres humanos y los patrones de comportamiento que han moldeado a nuestra especie. Todas ellas se basan en el método científico, donde una idea genera una hipótesis, diseñar un protocolo para confirmarla o descartarla, ejecutar la investigación, obtener resultados, analizarlos, sacar conclusiones y publicarlos para que puedan ser compartidos por todos. De esta forma, al unir todas esas investigaciones sistemáticas, no solo se sacan conclusiones sólidas, sino que se puede ir cambiando lo que consideramos “correcto” a lo largo del tiempo. Eso es lo maravilloso de la ciencia, que se autocorrige constantemente.

En medicina, por la responsabilidad que implica la atención de enfermos, este método debemos cumplirlo de manera muy estricta. Desde finales de la década de 1980, cuando se acuñó el término “medicina basada en evidencia”, se ha considerado ésta la manera adecuada de tomar decisiones. Incluso, la “evidencia de alta calidad” vale más que cualquier opinión, observación o data clíncia de ningún experto. Hoy día, tenemos claramente definido el concepto de “nivel de evidencia”, donde se clasifica la validez de los hallazgos, según la metodología utilizada en las investigaciones. Así, hay menos espacio para las opiniones, dando paso a los hechos verificables.

Porque tampoco es tan complejo. No hay que ser Stephen Hawking para entender que, para decir que una cosa es realmente mejor que otra, se tienen que haber comparado directamente, eliminando factores que pudiesen confundir resultados.

Obviamente, al aparecer nuevas enfermedades la necesidad de manejar los casos, hace obligado tomar decisiones basadas en análisis teóricos y extrapolaciones de experiencias previas. Sin embargo, conforme pasa el tiempo y comienza a recolectarse información basada en investigaciones controladas, todo eso va quedando a un lado, para dar paso a conclusiones obtenidas con los métodos correctos.

Hace dos semanas, un grupo de panameños, entre los que había médicos, científicos e investigadores, publicamos una carta solicitando que se retome el método científico como guía para la toma de decisiones relacionadas a la pandemia, dejando a un lado las improvisaciones, la superchería, el “a mi me funciona” y el “yo tengo experiencia”. La carta, a diferencia de lo que se ha dicho, no tiene que ver con ningún medicamento, tratamiento o persona en particular. Se trata de defender que la manera que nos enseñaron es la correcta para cuidar responsablemente la salud de nuestros pacientes.

Así mismo, llamábamos la atención a tomar en cuenta las posiciones adoptadas por las sociedades médicas y regulatorias más importantes del mundo, basadas en esa evidencia controlada, en lugar de basarnos en lo que opinan localmente personas que no han compartido un solo dato objetivo y controlado sobre lo que hacen.

Pero que este conocimiento de la ciencia médica y sus métodos sea confuso para periodistas, abogados, ingenieros o policías, tal vez pueda aceptarse. Pero, cuando son médicos formados en el método científico quienes desprecian las reglas, es indignante.

En la última semana, he leído y escuchado frases que jamás pensé pudiesen venir de quienes compartimos las mismas aulas y recibimos las mismas enseñanzas de los mismos profesores, y que desde el primer día nos dijeron: “El médico nunca termina de estudiar”. Han dicho barbaridades del calibre de “yo veo pacientes y no pierdo tiempo leyendo tanta revista”, o “esos son médicos de escritorio que se la pasan estudiando artículos”, o “investigar es peligroso”, o “un estudio demostró x o y” sin citarlo, o hablar media hora sobre un tratamiento, sin citar un solo dato estadístico, o considerar que un resultado, en un cultivo de células en un laboratorio, puede extrapolarse a seres humanos directamente.

Así que entendamos que la ciencia merece respeto, y nuestros pacientes también. Además que, si ese desprecio por la ciencia encima se usa como una herramienta de mercadeo “en la privada”, entramos en un tema ético que daría para otro artículo.

El autor es cardiólogo


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