Nos dijeron que teníamos que cubrirnos y lo hicimos. Nos pidieron que nos laváramos las manos con agua y jabón y ponernos alcohol cada vez que pudiéramos, y también lo hicimos.
Nos mandaron a escondernos como fauna silvestre ante la presencia de cazadores y la mayoría también lo hicimos. Era triste ver una bella y pujante ciudad, casi totalmente escondida hasta de nuestros propios vecinos. Calles vacías, poco transporte público y, aún menos frecuentes, el paso de vehículos de uso privado.
Se pusieron de moda los nuevos diablos rojos, léase motos que distribuyen comida y bebidas, así como cualquier cosa que les quepa en estos bípedos que pululan por la ciudad de forma temeraria y sin control alguno.
Panamá padeció la mas estricta restricción de movilidad, sino de todo el mundo, probablemente de toda América. Quienes emitieron estas disposiciones, no creo que hayan contemplado un balance justo entre el cuidado de la salud y el cuidado de lo que nos da de comer a la inmensa mayoría del país; las empresas y negocios permanecieron cerrados (algunos aún lo están) despidiendo parte de su personal, suspendiendo a otros y obligando a otros a tomar sus vacaciones acumuladas o por tomar.
En fin, al igual que durante la época de la dictadura militar que nos mal gobernó, el panameño se las ingenió para sobrevivir y no desfallecer mientras hacían lo imposible por apenas subsistir, con las migajas que le arrojaban a los que tenían la suerte de recibirlas.
Nos amenazaron, nos intimidaron y hasta nos reprimieron. Nos culpaban de todos los males habidos y por haber. Si los números bajaban, era por las “medidas efectivas que implementaba el gobierno nacional”. Si por el contrario subían, el famoso “pueblo” era el responsable y había que volverlo a castigar. Todo para favorecer la incapacidad manifiesta de uniformados, que ni aun así pueden desempeñar efectivamente la labor por la cual cobran emolumentos que no van acorde a su desempeño.
Nos restringieron nuestra libertad y las autoridades que debían velar porque ello no sucediera, como cómplices, suscribieron acuerdos justificando las violaciones a nuestros derechos. Nos escondieron de la manera más vil y descarada, con amenazas permanente.
Muchos dijimos que no era necesario jugar a las escondidas. Pero como permitimos que nos regañaran como niños, muchos hasta aplaudieron el encierro, pues “era la única forma de controlar al virus maldito”.
Pero se equivocaron y resulta que no era necesario destruir la economía para lograr éxito en mantener la salud. Resulta que los únicos que ganaron en ese juego de escondidas fueron unos cuantos adinerados, que ahora lo son mas. El tiempo nos dio la razón y se ha comprobado que con tiendas, restaurantes y negocios abiertos no se incrementaron los números.
Las amenazas y la metedera de miedo siguen, pero la gente ha ido perdiendo ese pánico que nos quisieron inculcar y, por el contrario, cada día las cifras se mejoran y se comprueba que no fueron las medidas de restricción lo que logró este avance.
No es momento para celebrar en fiestas (a menos que sean políticos de gobierno o allegados a ellos); por el contrario, es momento de seguir vacunándonos, seguir cuidándonos y seguir velando por el futuro de este pedacito de tierra, que a pesar de todo lo que malos dirigentes han hecho por muchos lustros, sigue siendo lo más bello, lo más grande y el mejor lugar para vivir.
El autor es analista político y dirigente cívico
