Nuestra provincia chiricana, a lo largo de su historia ha vivido una serie de vicisitudes y con hidalguía innata, ha logrado vencer las carencias que los desastres naturales ocasionan porque esperar que la ayuda gubernamental solucione los problemas, es esperar como decía mi madre “ensillar un gallote” o sea esperar envejecer sentado, pero esta vez la tragedia castigó como nunca antes a lugares de producción: Alanje, Barú y Tierras Altas. La respuesta inmediata para paliar tanta desolación física, geográfica como humana se pensaba que vendría a raudales porque dichos distritos abastecen a todo el país de productos alimenticios de toda índole, que quienes lo producen no mendigan esfuerzo y dedicación de tiempo completo para salir a labrar la tierra.
Que esta tragedia histórica iba merecer una actuación diferente de parte de los zánganos (hay escasas excepciones) que viven lucrando cada día más de nuestros impuestos y que son una histórica tragedia que cada vez se hunden en un lodazal peor que el que dejado esta tormenta.
Zánganos que drenan el futuro de nuestra nación y un presidente que voltea la cara por miedo, pero otorgándoles sin justificación alguna tantos millones y tantas prebendas que nadie que no trabaje, se merece.
Las personas que han perdido todo, no merecen ser castigados con simples donaciones de consolación por unos días, tienen el derecho que todas esas partidas que esos zánganos disfrutan como si se los hubiesen ganado, sean destinados sin miramientos a subsanar las devastaciones ocurridas, algunas de ellas prevenibles pero que la falta de infraestructura y mantenimiento precisamente agrava los problemas porque primero hay que satisfacer y llenar las cuentas personales de quienes solo deben hacer leyes y no acomodar las leyes a su favor.
Quiénes de esos burros (creo que estoy insultando a los burros, porque como dice un amigo abogado, los burros son muy inteligentes, ellos no tropiezan con una piedra dos veces), asomará su cabeza en este lodazal dejado por las inundaciones y derrumbes y dirá, aquí está mi salario, renuncio a mis prebendas porque estos productores merecen más que una bolsa solidaria y un colchón.
La autora es docente universitaria