[SUDÁFRICA]

La unión de blancos y negros

La historia no se escribe en un momento, pero hay momentos que definen y escenifican la historia. En el caso de Sudáfrica, uno de ellos se produjo la tarde de San Juan de 1995, cuando el presidente Nelson Mandela, vestido con una gorra y una camiseta verde de los Springboks, entregó la copa de campeones del mundo de rugby al capitán Franois Pienaar, un afrikáner de pura cepa.

El mundo entero vio plasmada la imagen de la reconciliación en un país que acababa de poner fin al apartheid y cuya capacidad para enterrar el pasado era vista en la mayoría de foros internacionales con escepticismo.

La Sudáfrica del 95 había celebrado el año anterior con éxito sus primeras elecciones democráticas (con aplastante victoria del Congreso Nacional Africano, como en todas las posteriores), las masas de negros oprimidos contaban con dar la vuelta a la tortilla y obtener una prosperidad que les había sido negada hasta entonces, muchos blancos sucumbían al miedo y emigraban a Inglaterra, Australia, Canadá y Estados Unidos, y muchos de los que se quedaban seguían viendo la sociedad desde una perspectiva racista y reaccionaria.

El país estaba al borde de la bancarrota, y su capacidad de solvencia financiera era muy discutida. Por un lado había resistencia; por otro, ánimos de revancha.

El crimen y el sida causaban estragos. Pero cuando Mandela se vistió de Springbok y estrechó la mano de Pienaar en un gesto de grandeza reservada a los hombres extraordinarios, resultó evidente que algo muy importante había cambiado en Sudáfrica, y más cosas iban a cambiar.

El Presidente aprovechó la euforia de un momento de gloria deportiva -la conquista del mundial de rugby tras derrotar en la prórroga por 15 a 12 a los poderosos All Blacks neozelandeses con un drop goal de Joel Stransky- para transmitir un mensaje inequívoco de optimismo y concordia.

Lo pasado, pasado está. Blancos, negros y mulatos, afrikáners, ingleses, xhosas y zulúes tenían que convivir y encontrar acomodos para que el país saliera adelante y no se materializaran los oscuros pronósticos de ruina económica o incluso guerra civil.

El deporte tiene en Sudáfrica una simbología muy importante, incluso más que en otros lugares. El rugby ha sido -y en buena medida es- el deporte de los afrikáners desde que un clérigo inglés lo introdujo en el país en 1861.

Representa su actitud ante la vida de todo vale, su peculiar forma de machismo, el espíritu de nosotros solos frente al mundo propio de una comunidad que se ha sentido asediada tanto por los negros como por los ingleses.


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