A pesar de las convulsiones políticas, religiosas y sociales que se dan en el mundo de hoy, nuestra situación actual ofrece una especial oportunidad para hablar de la universalidad y para entrar en contacto con ella. Sabemos lo que significa universalidad y cómo está constituida. Aunque pareciera extraño, la humanidad ha llegado a un acercamiento común como jamás lo tuvo antes. Tenemos una experiencia de lo que significa el mundo y de lo que importa la humanidad como conjunto de pueblos, de los hombres y mujeres. La universalidad de la fe tiene su fundamento en el centro de esta fe misma. Este centro se llama Jesucristo. Él es en su persona -según las afirmaciones de la fe- el logos, la palabra, por quien todo fue hecho. Él es la luz, que ilumina a todo hombre que viene al mundo. Él es fundamento y meta de la creación.
La universalidad de la fe fundamentada en Jesucristo como persona, se desarrolla ulteriormente en el mensaje de Jesús, el mensaje del Reino de Dios, mensaje que no conoce delimitación territorial alguna, sino que es el mensaje universal del poder del amor y de la justicia de Dios que abarca a todo los hombres, que hace justo al hombre. Esto se verifica como misión y encargo en su orientación hacia el ilimitado amor al prójimo, que está motivado en el amor a Dios, que comprende también al enemigo y al mismo tiempo realiza la autenticidad del amor a Dios. La universalidad dada en Jesús recibe su más alta culminación por el hecho de que Jesús se identifica con los hombres.
La universalidad de la fe cristiana se hace palpable por el hecho de que la obra realizada por Jesús, el destino de la muerte asumido por Él y el de la resurrección triunfadora sobre la muerte, aconteció "para nosotros y por amor a nuestra salvación": lo que Él hizo, lo que en Él sucedió, debe redundar en provecho nuestro, en provecho de muchos, de todos. Es la nueva vida de la resurrección que hubo de pasar por la cruz. De todo lo dicho se hace comprensible la misión del Resucitado a sus discípulos: "Se me ha dado todo el poder en el cielo y en la Tierra. Por eso id a todos los pueblos, y haced a todos los hombres discípulos míos. Estad seguros de que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mat. 28, 18-20).
La universalidad de la fe necesita de la universalidad de la historia. Y necesita de la universalidad de la humanidad, de todos los pueblos con sus lenguajes, culturas, mentalidades y forma de pensar. Solo así puede llegar a hablar la riqueza de la universalidad de la fe como efecto de las riquezas de Cristo. Esto significa que somos capaces de barruntarlo hoy, cuando las comunidades de la fe cristiana, las iglesias, intentan escuchar el mensaje de la fe de un modo genuino, articularlo y realizarlo, no como religión importada de cuño europeo. Esto cabe decirlo cada vez más para la Iglesia en África, en América Latina y el Caribe, y en el Lejano Oriente.
El único Cristo y su misterio único solo puede ser descrito en la pluralidad de designaciones, de nombres y de títulos: Hijo, Mesías, Señor, Hijo del hombre, Salvador, por así decirlo en un plural de cristologías, que quieren explicar al Cristo único y no son capaces de captarlo. El don de Cristo es el espíritu único. Este se comunica en muchos lenguajes, en muchas dádivas, servicios y carismas. La universalidad tiene su adecuada oferta en forma de pluralidad, si es que debe cumplirse el mandato misionero contenido en aquellas palabras: "Id a todos los pueblos y hacedlos discípulos míos". Esto solo puede lograrse, si se tiene en cuenta la pluralidad de los hombres y de los pueblos, si se toma como legítima exigencia sus plurales formas de comprender y de expresarse para hacer algo propio y realizarlo, si la fe se inculturiza en la pluralidad de los hombres; si, por otra parte, los muchos dones se ponen al servicio de las riquezas de Jesucristo.
La libertad de creencia y de conciencia está exigida por la universalidad de la Fe como unidad y pluralidad. La tolerancia no es ningún signo de inseguridad o debilidad, sino una señal de fortaleza. Tolerancia significa capacidad de soportar, de sufrir y de aguantar. Por lo demás es la tolerancia una cuestión de trato con los hombres y del comportamiento con ellos, una cuestión de respeto y de amor. Se exige universalidad en la pluralidad, si debe poder realizarse el amor al prójimo, que puede ser también el enemigo. El amor es sólo posible en el marco del yo, del tú y del nosotros. Y es posible en la plenitud de sus formas que pueden evolucionar históricamente y se ven condicionadas por la situación, hoy como esfuerzo por la reconciliación de los pueblos, como ayuda contra la pobreza y el hambre, como protesta contra la injusticia, el odio y la violencia, como defensa a favor del hombre y la mujer, de sus derechos inalienables, de su inviolable dignidad.