Sería sano, para airear la mente, mandar lejos las palabras corrupción, fundaciones, maestro, librito, déficit, indultos, visas, estafas, y otras de mal sabor. Intuyo, sin embargo, que se quedarán rondando en el menú diario de noticias; que no desaparecerán como la noche al llegar el día. Siento que la ciudadanía está impaciente ante la aparente lentitud para llevar ante la justicia a los saqueadores de los bienes de la nación. Como cuando hay mudanza a una casa que está hecha un muladar, que primero se limpia y se saca la basura antes de hacerla habitable, el nuevo gobierno también tiene que limpiar la casa. Y es una pena por lo que representa en tiempo y recursos. Por esa razón, sin estridencia ni histrionismo, aunque con impaciencia contenida, esperaré el resultado de las investigaciones sobre la culpabilidad o la inocencia de los investigados; quiero creer que destapar las cañerías de la corrupción llevará ante la justicia a los que merezcan castigo. Si el gobierno, que cuenta con el apoyo de la ciudadanía para que sancione a los pillos, no se amarra los pantalones y procede, habrá perdido una oportunidad dorada para limpiar la mala reputación que tienen los políticos que acceden al poder. Devolvernos la fe en los gobernantes es una de las promesas que hizo el presidente Torrijos.
El avispero que ha alborotado el pastel de cumpleaños con las polémicas 75 velitas del magistrado de la Corte Suprema de Justicia, el canoso y poco dulce César Pereira Burgos, ¡es de antología! La necia mosca de la suspicacia se me ha posado en la nariz, más que todo, por el desvelo del contralor Weeden, cantalante en este caso. Veamos. Por medio de la internet averigüé que el ex magistrado Faúndes cumplió 86 años el 27/8/2002; renunció por razones de salud el 5/9/2002. ¡Había apagado ochenta y seis velitas en su pastel! (86 velitas, letras y números para que no piense que me equivoqué al teclear), es decir, sobrepasando por 11 años los 75 de edad; independientemente de los incidentes que rodearon su período, Faúndes lo culminó cuando ya el señor Weeden era Contralor. Hasta donde investigué, pareciera que Weeden no dijo ni pío ni se sacó de la manga ley alguna contra Faúndes. Sin saber de leyes, pero con pensamiento lógico, concluyo que el hecho de que Faúndes recibiera, durante el gobierno Moscoso un robusto cheque por salarios caídos que correspondían a los años que estuvo separado, fue reconocimiento tácito de que, por encima de la llamada Ley Faúndes, se impuso la Constitución. ¿Qué movió al “salido del tiesto” contralor Weeden a picar por delante? Si con igual desvelo hubiera fiscalizado lo que le correspondía fiscalizar, a lo mejor el agujero en que están los fondos del Estado no sería tan profundo. Y para soltar el caso, me pregunto: ¿qué intereses hay detrás de todo este julepe? Porque de que los hay, los hay.
El nuevo gobierno tiene la ingrata tarea de poner a dieta la planilla estatal; aunque la reducción sea gradual, como dicen que será, ya suenan los tambores de guerra de los gremios obreros. Durante estos años la empresa privada y la llamada sociedad civil se quejaban de la sobrecarga de funcionarios, mal del que no se quejaban, por razones obvias, los gremios obreros. Según leí, en la Caja de Ahorros nombraron alrededor de 600 personas en los tres meses previos a las elecciones, situación que se ha detectado en todas las instituciones. El nuevo presidente del Sindicato de Industriales de Panamá criticó, por inoportuno, el despido masivo de funcionarios (La Prensa 30/9/04); dijo que el sector privado no está en capacidad de absorber dichos empleados y que los despidos provocarían un trauma en la economía nacional; los bancos y las financieras deben estar con las manos en la cabeza, preguntándose cómo van a pagarles los despedidos. Entonces, ¿qué debe hacer el gobierno? ¿Seguir manteniendo a miles de empleados sobrantes? El problema es peliagudo desde el punto de vista humano, político y económico; sería una pésima señal que se cayera en atolondrada botadera porque hay que apresurarse a pagar votos con empleos. No es difícil imaginar la angustia de los que se sienten amenazados con el despido. Solo una carrera administrativa, científicamente elaborada para garantizar empleos sin politiquería, acabará con esta plaga quinquenal que siempre afecta a los que menos tienen. El gobierno que la implante pasaría a la historia con gloria.
Cada vez que se le da un palazo a la piñata que representó para el gobierno anterior cinco años en el poder, salen más y más caramelos. ¡Qué relajo el de los pasaportes diplomáticos! Mire usted... hasta Sean Connery, favorito de las damas otoñales (y mi James Bond favorito) tenía pasaporte diplomático panameño; para no perder la costumbre de estar en todas, no faltó en la lista el señor Alvaro Antadillas, que durante los pasados cinco años aparecía hasta en la sopa. A lo mejor es como el ungüento chino, que sirve para todo. Hace un mes se instaló el nuevo gobierno y es pronto para empezar a clavarle banderillas. Pero no está de más recordarle que no ha habido en la historia de la humanidad, gobierno que se haya salvado de ellas. Lo sabio sería hacer lo posible para que no haya necesidad de clavarle muchas.