Aquel que yacía era un personaje popular, que con sus actos de gloria enalteció la Nación; había muerto Demosgrato, un blanquipardo (mestizo) con orígenes en el viejo barrio de Saint Anna. En su último adiós todos estaban enmudecidos, sin llantos, ni lágrimas, en un silencio casi sepulcral. Una peste reciente dejó un legado de desempleo, empresas canceladas, hospitales desabastecidos y centros educativos cerrados.
Aquello en Istmania ponderaba un desastre, basura por doquier, calles y avenidas intransitables, corrupción incontrolable, explotación desventajosa de sus recursos naturales, déficit fiscal y un eminente default financiero.
Con este panorama siniestro, a lo lejos se desplaza un puñado de inconformes hombres y mujeres, compuesto de jóvenes, poco adictos al parasitismo digital y viejos animadores sociales, enarbolando vetustas pancartas con consignas de “justicia y cárcel para los corruptos”.
Hoy día, la vida en la Ciudad de Istmania, otrora próspero centro comercial por su ubicación Norte – Sur y Derecha – Izquierda, se debate entre un mutis cómplice y una rutina de esperanza, que invoca un milagro divino, que procure un cambio no tradicional, con pocos subsidios y más trabajo, menos tráfico de influencias y más meritocracia.
Un analista espontáneo e independiente con cobertura de telepatía, ha colgado en la red mental y pensante de Istmania, evocando a Demosgrato, la siguiente noticia: “Se espera que la mayoría sensata de los habitantes de este pueblo, en un acto de reflexión y soberanía, reivindiquen sus derechos mediante la legitimación, la capacidad, la competencia técnica y la honestidad administrativa. Se diagnostica vientos de estallido social inevitable”.
El autor es doctor en derecho y catedrático
