Nunca me he atrevido a visitar a nuestro hermano país, Colombia, a pesar de contar con numerosos amigos residentes en diversas ciudades de este vecino país. Hay un solo motivo por el que nunca me he animado a ir, se trata del temor al flagelo de la violencia y de la inseguridad que castiga a los colombianos.
Muy bien dice el dicho “Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”. Nosotros, poco a poco, estamos perdiendo lo más valioso que hemos tenido en Panamá durante los 105 años que, con orgullo, celebramos este mes de noviembre: nuestra seguridad. Y a nadie parece importarle. Como bien lo dice Alejandro Lagrotta en su canción: Parecemos tres millones de sordos indiferentes, que pensamos que esto no es con nosotros, y que no nos afecta. Lo único que sabemos hacer es criticar a Martín, el cual a su vez, le pasará la pelota a Mireya, quien hizo lo mismo con el Toro… y así nos llevarán.
Si continuamos actuando de esta forma, responsabilizando a otros de nuestras fallas, el que quedará pagando los platos rotos será Manuel Amador Guerrero, y no habrá quién lo defienda.
No sé si se habrán dado cuenta, pero así como de la noche a la mañana el país se llenó de inversionistas que apuntaron hacia Panamá. Así mismo, de la noche a la mañana se están yendo. Los turistas y extranjeros que llegaron en grandes cantidades a Panamá, ahora están dando muestras de preocupación, por la creciente inseguridad que vivimos. Lastimosamente, a varios de ellos les ha tocado experimentarla en carne propia.
Ahora nos tocará sufrir los efectos de este problema, desde otro aspecto. Uno que quizás le duela más a todos esos indiferentes, cuando nos empiece a tocar el bolsillo. Cuando nos demos cuenta de que el famoso “boom inmobiliario” ya ha empezado a desinflarse; que los turistas han disminuido sus visitas y sus inversiones en Panamá, no solo por la crisis económica mundial, sino por temor a la violencia que se vive; cuando los panameños tengamos que dejar de salir a comer o a divertirnos con nuestros amigos, por miedo a que asalten el negocio que visitamos; cuando los empresarios teman visitar la Zona Libre por temor a ser asaltados o secuestrados; o cuando dejemos de visitar el interior de la República, por temor a que nos desvalijen la casa durante nuestra ausencia. Podría escribir varios párrafos más sobre el tema. Pero creo que ya dejé claro mi punto.
Pienso que aún no es muy tarde, lo único que nos falta es la voluntad de querer frenar esto. Lastimosamente perdemos el tiempo discutiendo sobre DDD y sus enredos, los decretos de seguridad ineficientes, las estatuas desaparecidas y hasta de leyes sexuales que no parecen más que cortinas de humo para distraernos. Ojalá no llegue el día, en que sintamos que nunca no separamos de Colombia.
