¿Qué característica se necesita para ser un candidato exitoso en América Latina? La respuesta, si se deriva de lo que la ciudadanía anhela públicamente, es que el candidato exitoso será aquel dotado con características como la honestidad, integridad, sabiduría y patriotismo. ¿Pero concuerdan estas características con la de los candidatos que han postulado exitosamente su candidatura?
Al examinar las características de aquellos exitosamente electos, la característica que continuamente emerge es la habilidad de mandar; el poder de crear súbditos. En nuestros países parece ser que la honestidad es impráctica, la integridad es inflexible, la sabiduría entra en conflicto con los prejuicios y el patriotismo incomoda las maniobras políticas.
Que existan discrepancias entre las características que los ciudadanos anhelan públicamente y las que se premian en la práctica, se debe a que los ciudadanos patrocinan a políticos con características distintas a las que anhelan. ¿Por qué esta divergencia?
En una autocracia, el líder tiene la autoridad para mandar; su voluntad es la ley suprema (p.ej., puede conceder tierras y después quitarlas). En un estado de derecho democrático esto no debería ocurrir. Y es que nuestras constituciones no les otorgan tal autoridad a los dirigentes políticos. Sin embargo, nuestras constituciones sí les otorgan a los dirigentes políticos autoridad discrecional sobre el empleo y el bienestar de los empleados públicos y, a través de la subyugación de estos en forma orquestada, poder arbitrario sobre la maquinaria gubernamental; de esta manera pueden, al igual que en una autocracia, conceder o quitar beneficios arbitrariamente.
Como consecuencia, el político siempre tiene una posición para otorgar, un contrato lucrativo para conceder, puede ignorar los delitos y apadrinar a sus colaboradores. Estos son los líderes que las personas buscan, a los que defienden y a los que patrocinan, ya que la continuidad política de estos es garantía para su bienestar inmediato.
Si queremos redirigir el enfoque hacia características más constructivas, tal como la integridad, debemos ser conscientes de que hay dos maneras de estructurar el gobierno: en una se guía (personas libres y autónomas), en la otra se manda (súbditos serviles y dependientes).
La dependencia y el clientelismo, que tan fácilmente permite que nuestros dirigentes políticos actúen como tiranos, se debe en gran parte al poderío que se les otorga sobre las carreras de los empleados públicos, que incluye desde jueces y fiscales, a investigadores y reguladores, a contralores y consejeros. En este sistema, el empleado público que en una racha de integridad decida actuar dentro de su competencia con imparcialidad, lo hace con la alta posibilidad de sacrificar su carrera y ser fácilmente reemplazado.
En este sistema los ciudadanos y sus negocios quedan encadenados a una burocracia injusta y parcial, controlada y utilizada por los políticos para galvanizar apoyo mediante la concesión arbitraria de beneficios y la aplicación arbitraria de sanciones. Se establece una reacción en cadena. Aquellas personas que anhelan el logro y el éxito, o simplemente quieren proteger las carreras y los negocios que han construido, a menudo se ven forzados a colaborar con dirigentes políticos o a unirse a su partido para asegurar su favoritismo. Hombres dignos pueden ser, así, subyugados por los políticos.
En sus discursos públicos o publicitarios, hay personas dignas que predican sobre la ética y la necesidad de políticos justos e íntegros, mientras que en privado se preguntan cuál candidato le dará la mejor ganancia sobre su inversión electoral. Esta conducta hipócrita causa aun más consternación cuando se toma en cuenta que entre ellos no la juzgan negativamente; ello es así porque muchos se enfrentan a la realidad de que este tipo de conducta es la única avenida para asegurar, a mediano plazo, el nivel mínimo requerido de justicia y derecho personal. En resumen, la ciudadanía vive bajo un sistema que los hace súbditos y como tales se comportan.
La divergencia entre el deseo ético y la práctica corrupta se debe, en gran parte, a los incentivos creados. Es evidente que hay algo perverso con un sistema político que presiona a ciudadanos a apoyar políticos inescrupulosos y sus coagentes como condición para sus propios derechos. Igualmente, hay algo significativamente corrupto en un sistema que se asegura de que los empleados públicos serán dependientes fácilmente despojados de imparcialidad.
A casi todo ciudadano y a algunos políticos les gustaría vivir bajo un sistema que les permita jugar limpio para avanzar. Pero no es el sistema que actualmente se tiene.
Es necesario resaltar que en la actualidad nuestros dirigentes políticos gozan del poder del autócrata. Esto debido a un hecho: donde existan dependencias vitales, el ser humano siempre será blanco fácil de la presión coercitiva. Una vez difundida la implicación de esta debilidad, se podrían iniciar conversaciones constructivas sobre la forma que deberá tomar la estructura organizacional de nuestros gobiernos para hacerlos menos corruptibles
