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Vergüenza ajena y tristeza

Para desarrollar la inteligencia emocional, uno de los principales procesos es evaluar y analizar qué sentimientos experimenta uno ante diversas situaciones. En las últimas semanas he visto cómo un grupo minúsculo de personas han atacado y demandado a médicos y científicos que desde el principio de la pandemia han tratado de orientar a la población. Y más que enojo y frustración, el sentimiento que he experimentado ante estos ataques ha sido vergüenza ajena.

Vergüenza ajena, porque en sus videos e intervenciones revelan una profunda ignorancia de los procesos de investigación y desarrollo de medicamentos y vacunas. Vergüenza porque no se dan cuenta lo infundado e irracional que son sus argumentos. Y vergüenza porque, quizá sin saberlo, son víctimas de la desinformación que ha plagado esta crisis de salud pública y, en vez de ayudar a la población, se convierten en los causantes indirectos de que más personas que se infectan con el SARS-CoV-2 sufran las consecuencias más graves al no estar vacunados.

No es posible que estas personas sepan más que los especialistas de todas las organizaciones científicas y médicas serias en el mundo, que abiertamente apoyan la vacunación contra la Covid-19 en adultos y en niños mayores de 5 años de edad. Empezando por la Organización Mundial de la Salud, la Organización Panamericana de la Salud, las autoridades regulatorias de todos los países y sociedades de médicos especialistas y generales de todo el planeta.

Por otro lado, la evidencia de seguridad de las vacunas disponibles es abrumadora. Ya en el mundo se han administrado 11 mil millones de dosis, a un ritmo de casi 23 millones de dosis cada día. Sólo en Estados Unidos se han vacunado casi 10 millones de niños entre 5 y 11 años de edad y 17 millones entre 12 y 17 años, sin ninguna señal de preocupación por efectos adversos inesperados. Los beneficios de la vacunación están claramente demostrados y superan con creces cualquier efecto adverso observado. Acusar y atacar a los expertos que traducen los hallazgos científicos y comunican las recomendaciones internacionales, es simplemente una locura.

Y lo peor de todo, a mi modo de ver, es que algunos de estos detractores de la evidencia científica utilizan la controversia, que ellos mismos han tratado de crear, para su propio beneficio. Algunos para vender servicios o productos durante la pandemia y otros para obtener notoriedad.

He visto, por otro lado, comentarios en redes sociales que sugieren que es necesario un “debate” entre los médicos para aclarar estas diferencias de opinión. Lo cierto es que en el ámbito médico, las diferencias en la interpretación de la evidencia científica no se debaten en una televisora o en una plaza pública. El debate se realiza aportando nuevas evidencias en revistas científicas o analizando esta evidencia y discutiéndola en congresos y en los salones de las universidades e intercambiando comentarios y cartas a los editores de dichas revistas. La complejidad técnica de los argumentos y contra argumentos requiere un análisis muy profundo, datos estadísticos, múltiples experimentos o estudios clínicos. Es necesario tener entrenamiento y experiencia formal en investigación, y conocer profundamente los temas que se debaten. En este caso, hay que saber lo suficiente de vacunas, inmunología, bioestadística, metodología de la investigación, biología celular, biología molecular y salud pública para poder debatir. Gritar en una plaza pública, con un megáfono, afirmaciones sin base, no se considera, que yo sepa, una evidencia científica. Quizá sí proselitismo, pero no ciencia.

El otro sentimiento que he experimentado estas últimas dos semanas ha sido tristeza, al ver lo que está ocurriendo en Ucrania. Hemos visto el inicio de otra guerra en Europa. Y al margen de todas las consideraciones geopolíticas y las absurdas explicaciones esbozadas por el bando invasor, poco puede justificar la matanza de gente inocente, la destrucción de un país y las consecuencias de un conflicto bélico.

Y si bien es cierto que estoy desilusionado y frustrado al ver la irracionalidad de lo ocurrido y el sufrimiento, no puedo sino ver con admiración la valentía del pueblo de Ucrania, que ha decido pelear por su independencia y por su libertad, aun sabiendo que muy probablemente van a ser masacrados más temprano que tarde.

Y hablando de sentimientos y sus consecuencias, uno de los más grandes motivadores para este tipo de violencia inexplicable es la humillación y su hermano, el deseo de venganza. Lo ocurrido en la Primera Guerra Mundial, con la derrota de Alemania y el Tratado de Versalles, fue -según los historiadores- una de las cosas que motivó a Hitler a hacer lo que hizo durante la Segunda Guerra Mundial. Para Vladimir Putin, el colapso y situación posterior al desplome de la Unión Soviética ha sido “la mayor tragedia geopolítica del siglo XX”. Esta “humillación” es probablemente el sentimiento que subyace detrás de su ambición de regresar a un pasado con una Rusia hegemónica. No subestimen la fuerza de la humillación como motivadora, ni aún en la política criolla.

Espero que, de alguna forma, el conflicto bélico cese y la situación mejore para los ucranianos y para el pueblo de Rusia que, muy probablemente y como ocurre casi siempre, terminarán también pagando en parte los platos rotos. Espero también que la justicia se pronuncie de forma expedita en favor de los colegas y amigos acusados, porque ésta no será la última crisis de salud en que los vamos a necesitar, ni éste será el último intento de desinformación del que seremos testigos.

El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas


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