Cuando llegamos a los 50 nos damos cuenta de lo corta y preciosa que es la vida. Es un momento muy íntimo en el que instintivamente reflexionamos sobre nuestra vida pasada, nuestros logros, nuestras derrotas, nuestras metas futuras y muy probablemente nuestra mortalidad. En resumen, ¿ha valido mi vida la pena hasta ahora? ¿He podido hacer feliz a alguien con mi existencia?
Definir la felicidad es muy difícil; cada uno tiene un concepto personal. Creo, sin embargo, que podríamos estar de acuerdo con que hacer algo bueno por otra persona da mucha más satisfacción personal que hacer algo fantástico por uno mismo.
Todos aspiramos a ser felices, pero a veces nos perdemos en los enredos de la vida sin darnos cuenta de que antes de que lo pensemos ya no la tendremos por mucho tiempo más. Es por esto que todo el sufrimiento causado a gente inocente e indefensa por hambre, tortura, conflictos armados, vicios, injusticias, etc., es lo más inhumano que podemos hacer los humanos.
Todo el mundo puede hacer algo bueno por otra persona. Desde dar los buenos días con una sonrisa a quien encontramos, tratar con cortesía a los demás, respetar los derechos de todos, preocuparnos por los más necesitados, ofrecer nuestro tiempo y dinero a causas nobles, hacer nuestro trabajo, cualquiera que éste sea, honradamente y con nuestro mejor esfuerzo.
Los privilegiados tenemos encima de todo una gran responsabilidad hacia todas las personas que, por la suerte del destino o por la razón que sea, no están en la tan agradable situación como nosotros.
El poder económico reside en nuestro país en muy pocas manos y el político en menos manos todavía. Debería ser muy fácil coordinar ambos para crear una dinámica que permita al resto de la población el acceso a una vida mejor, la cual repercutiría positivamente en nuestra vida también.
En Panamá hay mucha gente buena, mucha gente capaz, mucho talento, muchos recursos. Lo que se necesita son buenos líderes que con su trabajo y ejemplo inspiren confianza en el resto de la población para que ella a su vez tenga la motivación de poner su grano de arena en lo que le corresponde en su vida diaria.
Necesitamos gobernantes que vean su trabajo como servidores públicos y que, rodeados de buenos asesores, ministros y directores, se recojan las mangas para hacer un trabajo eficiente y transparente, teniendo el bienestar y desarrollo de todo el país como su meta final.
No se me ocurre una mejor justificación de nuestra vida ni un mayor orgullo que el saber que hemos contribuido, cada uno en lo suyo y en la medida de sus posibilidades, a dejarles a nuestros hijos y a las generaciones futuras un país mucho mejor que el que nos tocó vivir a nosotros.
¡Manos a la obra!

