El delito de violación consiste en practicar relaciones sexuales con otra persona sin su consentimiento, vía acceso carnal (vía vaginal o anal), o el practicar actos sexuales orales, o el introducir objetos con fines sexuales. En estos casos el agresor, emplea la violencia e intimidación sobre la otra persona con el fin de lograr anular o vencer la capacidad para defenderse, y cuando se trate de menores de edad de 14 años, es castigado, aunque haya dado su consentimiento puesto que no es válido legalmente.
La violación, como sabemos, no discrimina ni por edad, religión o sexo, cualquiera puede ser víctima de ello inclusive una trabajadora sexual, y mientras la víctima se siente avergonzada de denunciarlo, siente rabia y tristeza y terror, en la sociedad no faltan quienes afirmen que pudo haberse evitado, justificando el comportamiento del agresor, aduciendo que es un enfermo mental o que es culpable la mujer por usar ropa provocativa, o por estar embriagada, que se lo buscó por salir sola y quedarse hasta horas tarde en la calle.
Pero lo cierto es que el agresor es culpable de su acto, porque al momento de realizar tales hechos tiene plena consciencia de sus actos, lo hace para someter y tener control de su víctima, no por placer, y trata de minimizar lo ocurrido, con frases como “solo era un juego”, “ella lo quería”, “ lo disfrutó”, etc., y como haya expresado alguien, nada justifica una violación.
En la violación, entonces, hay numerosos mitos que deben ser conocidos, porque se trata de creencias falsas, erróneas, culturales, estereotipadas, que promueven la estigmatización y la culpabilidad de la víctima y, en general, la promoción de la cultura de la violación, que nos trae a la mente el reciente juicio del exproductor de cine Harvey Weinstein, en virtud del cual una siquiatra forense explicó al respecto.
Uno de esos mitos es el que afirma que los agresores de las violaciones son personas extrañas y que se comete en callejones oscuros, cuando en la mayoría de los casos quienes la cometen son conocidos de la víctima, un amigo, un familiar, entre otros, y se llevan a cabo en lugares privados, como el propio hogar de la víctima.
También podemos mencionar, uno muy repetido, aquél que dice que “ la mujer se insinúo o provocó el hecho”, restándole de esa manera credibilidad y, por ende, negando que la relación fue forzada.
Se dice: “Seguro que la vestimenta provocativa provocó al agresor'. Eso es inaceptable y totalmente falso, y simplemente estamos ante un prejuicio, porque la ropa no incita a la violación, y con ello lo que se está culpabilizando es a la mujer, pasando por alto la responsabilidad del agresor. Cabe resaltar, que a propósito de ello se han realizado investigaciones y exposiciones con el fin de desmitificar ese prejuicio, y se ha demostrado que la ropa usada por las víctimas de violación en Estados Unidos y Bélgica eran vestidos tradicionales, tales como pantalones de chándal, pijamas, faldas.
En efecto, según Amnistía Internacional (2018), “el supuesto de que lo que lleva una mujer puede provocar a un hombre para violarla tiene su origen en estereotipos arraigados sobre la sexualidad masculina y la femenina. Sin embargo, en la realidad, a las mujeres las violan o agreden vistiendo cualquier tipo de ropa. Ningún tipo de ropa es una invitación al sexo o implica consentimiento. Lo que vestía una mujer cuando fue violada es sencillamente irrelevante. La violación no es nunca culpa de la víctima. Y comprender que las relaciones sexuales sin consentimiento constituyen violación es el primer paso para cambiar las actitudes sociales que dañan aún más a las víctimas de violación”.
Como se aprecia, hay que ir eliminando esos mitos, que como afirma la ONU, “tienen raíces en siglos de dominación masculina” y, en todo caso, lo que hay que promover es la solidaridad y el respeto de los derechos humanos. Que quede claro que la violación es un arma de guerra, que requiere enfrentar la sociedad mediante la participación de hombres, mujeres, la familia, la escuela, entre otros.
La autora es catedrática de Derecho Penal en la Universidad de Panamá