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AstraZeneca

Vivir o no vivir

Escribo motivado por la llamada preocupada de un colega, que cuestionaba su deber de aplicarse la vacuna propuesta para favorecer la inmunización general y, al mismo tiempo, la duda en proceder así, pues ha escuchado de repercusiones negativas (específicamente, trombosis cerebral, lo que significa la formación de “tapones” de sangre que obstruyen la circulación de oxígeno al cerebro, asfixiando el tejido nervioso y derivando en la muerte de la persona afectada). Ante este dilema, es conveniente saber qué posturas éticas están de fondo, tanto para que los gobiernos compren estas vacunas a las empresas farmacéuticas y las distribuyan ampliamente entre la población, como para iluminar racionalmente la decisión libre de los que quieran inmunizarse para protegerse del virus. Las dos posturas éticas de fondo son la utilitarista y la kantiana. Examinaré brevemente cada una y luego contrastaré ambas para ver lo que está en juego.

Escuchando a una epidemióloga latinoamericana que ponderaba las ventajas y desventajas de usar o no la vacuna destacada en el subtítulo, ella señalaba que si se comparaban los beneficios de protección generales que se ofrecen en relación con las indeseables consecuencias particulares que puede ocasionar, la proporción es a favor de su aplicación, pues gracias a ello es posible lograr la “inmunidad de rebaño” (cuando un porcentaje alto de la población está vacunado, lo que reduce fuertemente las posibilidades de transmisión, los casos de contagio, las hospitalizaciones y los decesos). Lo expresado por la epidemióloga citada expresa “el mayor beneficio para el mayor número de personas”, que constituye el postulado esencial de la postura utilitarista.

De modo diferente, la postura kantiana o ética de los principios, proclama que el deber moral para toda decisión debe pasar por atender el valor de la persona humana que se pone en riesgo (ante la posible trombosis cerebral mencionada), considerando a cada una no como un medio, sino siempre como un fin en sí misma por su inagotable e inalienable dignidad. Es decir, aunque la posibilidad de afectación negativa sea mínima a nivel numérico, la posibilidad de dañar a una sola persona impide sugerir el uso del fármaco.

Ahora, contrastando ambas posturas, ¿qué opinar? ¿Se debe usar sin restricción una vacuna que ayudará a la población con el riesgo de algunas muertes no deseadas, o se debe descartar el uso de dicho fármaco? Hay decisiones recientes, como la del gobierno de Dinamarca, que ha suspendido definitivamente el uso de la citada vacuna. Ello indica una opción ética clara hacia una moral de principios, que impide poner en riesgo la vida personal de los ciudadanos y aplica alternativas (otras vacunas) para su bienestar.

Los contratos de compra a las farmacéuticas están hechos a base de cláusulas definidas. En los términos de estos contratos debe aparecer la salvedad de responsabilidad de compra de acuerdo a la eficiencia del producto, así, debería existir la vía legal para rescindir la compra y optar por otras posibilidades. La empresa, ¿perderá dinero invertido en millones de dólares de investigación, pruebas y producción en masa? Efectivamente, es el riesgo a la hora de trabajar en estas áreas, pero siguiendo siempre la ética de principios, es claro que la vida humana (aunque sea en el límite mínimo de una proporción reducida desde el punto de vista utilitarista), vale más que toda esta pérdida monetaria. En realidad, estas empresas no son novatas; tienen muchos aseguramientos financieros preventivos, así que el supuesto perjuicio es relativo.

¿Qué hacer si las vacunas están compradas y no se pueden devolver legalmente de modo inmediato? Dos posibilidades surgen: almacenarlas provisionalmente (esperando que las investigaciones definan mejor sus efectos adversos) o ponerlas a disposición del público, explicando las posibles complicaciones o secuelas negativas que conlleva su uso, dejando a cada quien tomar la propia decisión. Para esto último, un dicho de la cultura maya puede ser sugerente: “cuando tengas que tomar una decisión, escucha a tu corazón”.

El autor es docente universitario


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